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Cantantes

James Brown

Muere el rey del 'funk'

James Brown fallece en Atlanta a los 73 años

DIEGO A. MANRIQUE - Madrid - 25/12/2006

James Brown, figura máxima de la música afroamericana, falleció en las primeras horas del lunes 25, en el Emory Crawford Long Hospital de Atlanta (Georgia). El cantante, de 73 años, había sido ingresado el domingo por una pulmonía. La causa exacta de su muerte está por determinar; en 2004, había superado un cáncer de próstata. El siglo XX quedó marcado por la emergencia de la música afroamericana y nadie alcanzó una posición tan hegemónica en ella, al menos durante la segunda mitad del siglo, como James Brown. Michael Jackson pudo ser más popular pero no gozó de su influencia sonora. Miles Davis tuvo más respeto pero nunca logró su impacto comercial.

En los años 50, James Brown llevó sus modos de iglesia al rhythm and blues, que en los 60, ya con conciencia racial, se transformó en soul, que inundó el planeta. Desarrolló el concentrado de ritmo que se bautizó como funk y que mantendría su gancho hasta el presente. En los 70, el funk tuvo como hijo bastardo a la disco music y sirvió de base para el hip-hop: literalmente, miles de temas de rap parten de grabaciones de Brown como Funky drummer o Give it up or turn it loose.

El funk es una creación colectiva: todos los instrumentos se concentran en generar ritmo, a expensas de la melodía. James Brown tuvo la habilidad para implicar a instrumentistas imaginativos, muchos de los cuales siguieron productivas carreras en solitario: Alfred Pee Wee Ellis, Maceo Parker, Fred Wesley, William Bootsy Collins. No obstante, sin la visión de James Brown, es posible que no hubieran pasado de nombres para coleccionistas. Brown entendía su orquesta, fueran los Famous Flames o los JBs, como su instrumento particular: sus famosas coletillas -“llevadme al puente”, “dad espacio al batería”- eran instrucciones de escenario. Buscaba el momento óptimo para grabar: muchos de sus clásicos se hicieron en la carretera, entre actuación y actuación.

No podía ser de otra manera. Brown se había ganado el título de el trabajador más duro del mundo del espectáculo por la intensidad de sus actuaciones y el número de conciertos: más de 300 en sus buenos años. Alardeaba de la afilada precisión de sus bandas, sometidas a disciplina militar: multas por retrasos, descuidos indumentarios, fallos musicales; si el culpable se resistía, podía ponerse violento.

Venía de un mundo duro. Nació en una choza en los alrededores de Barnwell (Carolina del Sur) el 3 de mayo de 1933, aunque también se han sugerido fechas anteriores. Abandonado por su madre, creció con su padre, un trabajador itinerante, hasta que terminó en Augusta (Georgia), donde una tía regentaba una fonda que también funcionaba como timba y prostíbulo. Sin apenas educación, el niño Brown procuró ganarse la vida limpiando zapatos, recogiendo algodón y robando piezas de coches. En una de esas fechorías, le atraparon y le condenaron a entre 8 y 16 años de cárcel (según él, todavía era un menor pero le encerraron y le juzgaron cuando llegó a la edad penal). Fue un buen preso y, tras tres años y un día, le soltaron.

Soñó con profesionalizarse como boxeador o pitcher de béisbol. Pero entró en la música gracias al pianista Bobby Byrd, cuya familia prometió alejarle de la delincuencia. Hacían gospel pero un encuentro con el representante de Little Richard les impulsó a cambiar de onda e instalarse en Macon (Georgia). Como los Famous Flames, incluso asumieron la personalidad de Little Richard & the Upsetters, cumpliendo sus contratos regionales cuando Tutti frutti se hizo éxito mundial.

Debutó discográficamente -y triunfó- en 1956, con el sello King. Una cruz de la que no se libraría fácilmente: era una compañía corta de mente, que se resistió a muchas de sus ocurrencias (James tuvo que pagarse hasta la grabación del ahora mítico Live at The Apollo). Durante años, fue comercializado como un artista sureño y, todo lo más, como figura del gueto. Esto explica que nunca llegara al número uno en las listas nacionales estadounidenses -sí en las de rhythm and blues- a pesar de colar allí docenas de éxitos. Y hace aún más impresionante la enormidad de su influencia.

Contemporáneos suyos como Ray Charles, Otis Redding o Aretha Franklin llegaron sin problemas al mercado blanco. Sin embargo, se juzgó que Brown resultaba demasiado salvaje para el gran público (ni siquiera entró en el circuito contracultural y en los festivales hippies, tan provechosos para muchos artistas negros). Se hizo más intimidante a partir de 1968, cuando musicalizó la ideología del Black Power con Say it loud - I'm black and I'm Proud.

Pero no era un radical. Creía en la integración y en el capitalismo: intentó establecer una cadena de restaurantes y una red de emisoras de radio. En 1968, intervino para calmar los disturbios que siguieron al asesinato de Martin Luther King; también fue a tocar con una banda mínima ante los soldados destacados en Vietnam. Si le llamaban de la Casa Blanca, allí acudía, aunque el inquilino fuera Richard Nixon.

Dada su buena disposición ante las autoridades, no entendió que le echaran encima todo el peso de la ley. En 1988, culminando una serie de incidentes por violencia doméstica, fue arrestado tras una persecución policial que dejó su coche acribillado. Ya se sabía que su agresividad y su paranoia se debían al PCP, droga conocida como polvo de ángel. Le cayeron seis años de cárcel, de los que cumplió la mitad. Le amargó comparar su sentencia con el trato aplicado a, por ejemplo, Jerry Lee Lewis, cantante veterano de historial aún más turbulento, aunque debe recordarse que James salió mejor librado de posteriores detenciones por posesión de drogas y conflictos matrimoniales.

No era una florecilla del campo: abofeteaba en público a empleados por transgresiones menores. En una de sus últimas visitas a España, recibió a este periodista en un modesto camerino de La Riviera madrileña. Estaba encaramado a un taburete, impecable desde el tupé a las botas; aunque ofreció asiento a una invitada, el entrevistador debió hacer su trabajo de pie. Exigía pleitesía: el Padrino del Funk no quería que nadie olvidara que había cambiado la música para siempre.

 

La máquina más implacable

Enormemente prolífica, la carrera de James Brown no se puede resumir en las abundantes recopilaciones, que generalmente prescinden de sus discos instrumentales, las aproximaciones al jazz y sus numerosas producciones. Estas son algunas de sus cimas creativas:

Please, please, please (1956): modos de doo wop incendiados por el aliento dramatico de James Brown.

Night train (1962): un instrumental ajeno al que dinamizó con la mención de algunas de las ciudades que visitaba con su banda.

Live at The Apollo (1963): exuberante disco en directo que fue el primer gran éxito nacional de Brown.

The TAMI Show (1964): especial de televisión que recuerda que, como bailarín y showman, era imbatible; eclipsó a los Stones y demás artistas invitados.

Papa's got a brand new bag (1965): grabado tras un largísimo viaje en autobús, Brown no quiso desaprovechar una ocurrencia que funcionaba en directo.

(I got you) I feel good (1965): inmortalizada por Robin Williams en Good morning, Vietnam, todavía funciona como llenapistas.

It's a man's man's man's world (1966): ingenuamente machista, éste himno a la mujer es la más apoteósica de sus baladas.

Cold sweat(1967): intrincada depuración del concepto del funk, que enfatiza el ritmo y la integración grupal.

Get up (I feel like being a) sex machine (1969): el sermón de la montaña del funk, grabado en Nashville, con los músico hipermotivados tras una actuación.

Hot pants (she got to use what she got to get what she wants) (1971): James convertía esta lúbrica oda a los shorts en la crónica de una mujer que usaba su sex appeal para sobrevivir.

King Heroin (1972): a pesar de su reputación de hedonista, Brown lanzó abundantes mensajes sociales, como esta denuncia de la heroína.

Living in America (1986): aunque fuera una composición de Dan Hartman concebida para Rocky IV, James siempre reivindicó esta pieza, que plasmaba su sentido del patriotismo.

Lila Downs

Bajo el signo del maguey Desde los primeros días de su vida, se selló el destino de Lila Downs. Estará por siempre ligado a la tierra de sus antepasados maternos, "los hombres de las nubes", indígenas mixtecos de Oaxaca. Después de que naciera, su nanañu (abuela en idioma mixteca) enterró su cordón umbilical al pie de un maguey en la montaña de Oaxaca, con lo cual se aseguraba por siempre el regreso de Lila a su tierra natal. Hija de un estadounidense cineasta y pintor, y de una madre cantante mixteca, pasará su infancia entre México y los Estados Unidos, entre Oaxaca y Minnesota. "Crecí en una especie de doble realidad, entre tradición y modernidad", explica. Perdida durante un tiempo entre estos dos mundos, Lila escogió la música para dar voz a las contradicciones y la riqueza cultural que la habitan. De la mezcla de las culturas hará surgir la de las músicas. De niña, Lila Downs se crió con Los Tigres del Norte, Lucha Reyes, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez, pero también con Billie Holliday, John Coltrane y Miles Davis. Muy pronto empezó a cantar en bandas de mariachis. Luego inició estudios de Ópera. Pero éstos la decepcionaron, pues eran demasiado occidentales y le exigían que negara su identidad indígena, por lo que resolvió orientarse hacia la antropología social. Bajo la influencia del movimiento creado por "The Grateful Dead", vuelve a las montañas de Oaxaca, toca en pequeñas bandas, vende alhajas en la calle. Decide iniciarse en los secretos del tejido en una comunidad indígena. Aquella experiencia, aquella vuelta a los orígenes, dejarán en ella su impronta. No sólo le inspiran su tesis de fines de estudios sobre el simbolismo de las mujeres triquis sino que, más allá, se impregna de la cosmología indígena. En los bares de Oaxaca, Lila Downs conoce a Paul Cohen: ¡saxofón neoyorkino, músico autodidacta, payaso y prestidigitador! De su encuentro surgirá una fructífera colaboración. Se producen en Oaxaca y en Filadelfia donde Lila se inicia en los secretos de las cantantes negras. Además de Paul Cohen, Lila Downs supo rodearse de excelentes músicos que aportan a sus canciones riqueza y profundidad: "Chuco" Mendoza, especialista en percusiones afrocaribeñas, Carlos "Pelusa" Rivarola, percusionista (cajón, congas, bongós y concha de tortuga), Carlos "Popis" Tovar, especialista en ritmos indígenas y Celso Duarte, en el arpa, el violín y la guitarra. Yutu tata Árbol de la vida En "Yutu Tata Árbol de la Vida", el segundo disco de Lila Downs, los arreglos respetan las sonoridades naturales: instrumentos de barro y madera antíguamente usados en el pasado mesoamericano, y todavía hoy en las comunidades rurales. Este álbum contiene 13 fragmentos, de los cuales 7 son composiciones originales. En estas canciones, Lila Downs evoca los mitos aún muy arraigados en las comunidades indígenas, pero también canta las penas y las alegrías de éstas, su vida cotidiana o la discriminación que sufren. Para ello, retoma canciones populares de Oaxaca dándoles un toque muy personal, como lo hiciera ya en "Sandunga", primer álbum en el que Lila Downs juega con diferentes géneros musicales de la cultura popular mexicana: de la ranchera al bolero, pasando por el corrido1 . En "Yutu Tata Árbol de la Vida", también pone música a obras contemporáneas en lengua indígena y traduce sus propios composiciones. Canciones populares Lila Downs retoma varias canciones de Manuel Reyes Cabrera (Ta Rey Baxa), un cantante zapoteco que se convirtió en personaje de leyenda en Juchitan, Oaxaca. En "Simuna", una de sus composiciones, un hombre canta su desesperación tras la muerte de su prometida; nadie más que ella podía comprenderlo mientras que sus familiares se burlan de su pena y le aconsejan casarse con otra. Lila Downs también explora el registro de las canciones populares anónimas: "Arenita Azul", canción del Río Grande, evoca la discriminación de que son víctimas los mestizos de africanos de la "Costa Chica" de Oaxaca. Ni cubanos, ni jarochos, prefieren llamarse como las mariposas, que simbolizan belleza y libertad. Aquí Lila Downs deja entrever la amplitud extraordinaria de su voz y la libertad inmensa que le confiere su formación de cantante de Ópera. En " La Iguana ", Lila Downs juega con la letra lúdica y divertida de esta canción popular. Iguanas, culebras, mariposas, colibríes: un bestiario imaginario habita el mundo de Lila, hermano musical del mundo del pintor Francisco Toledo, a quien, por cierto, Lila dedica una de sus canciones. Poemas indígenas puestos en música Lila Downs también escogió valorar la creación contemporánea en lengua indígena. Y así, pone música a poemas de autores contemporáneos mixtecos y nahuatls. El disco empieza con "Yunu Yucu Ninu", oda de un poeta mixteca2 a una colina, madre que alimenta a los árboles y a los animales. "Icanocuicatl", canción en nahuatl de otro autor contemporáneo, cuenta la muerte alegre de un hombre que se volverá a encarnar en colibrí. La técnica de Lila Downs nos recuerda la de aquellos cantantes/ poetas franceses que componían en bretón o en occitano, como Claude Sicre y sus "Les Faboulus Troubadours". Sin embargo, dentro del contexto mexicano esta manera de componer adquiere otra dimensión, y no se limita a hacer revivir por un instante lenguas casi olvidadas, como se da el caso en Francia. En efecto, hoy en día cerca de un millón de personas hablan nahuatl en el centro de México. Códices cantados Para terminar, " Yutu Tata, Árbol de la Vida" concede un gran lugar a las composiciones de Lila Down en español y en mixteco. Dos fuentes de inspiración vienen a alimentar las creaciones de Lila: las leyendas que le contaba su abuela cuando niña y los códices que encierran los secretos de los orígenes de los Mixtecos. "Mi abuela me contaba que la culebra de nube buscaba a su hembra en los arroyuelos subterráneos, y que llevaban la lluvia y la fertilidad a la tierra", explica Lila Downs. Lila Downs retoma esta leyenda y la de la serpiente emplumada, creadora del agua y de la humanidad, en "Nuevo Viento Koò Sau". En "Tres Pedernal Yuu Yuchi-ri", el español se entremezcla con el mixteco para darle vida al personaje femenino de un códice, personaje que lleva la urna sagrada que encierra los restos de los antepasados fundadores y los ídolos dotados de poderes sobrenaturales. En los códices Vindobonensis y Nuttal, la humanidad y los primeros mixtecos nacen de un árbol. Hoy en día, todavía, algunos habitantes del pueblo de Apoala cuentan que un árbol gigante dio a luz a los hombres de piedra. En "Semilla de Piedra", la voz cálida y aterciopelada de Lila se confunde con el mito: "Soy la hija de un hombre de piedra La serpiente con el viento parió Nací del color de la tierra De un baño de vapor y de fuego" Finalmente, "Árbol de la Vida" le da su nombre al álbum y lo concluye. La suavidad de la voz, a la que dan ritmo el ruido sordo de los tambores, y luego el calor de las guitarras, trae una nota final llena de quietud y serenidad después de un deslumbrante tumulto. Cantantes mexicano-estadounidenses en busca del México popular Las pertenencias dobles parecen favorecer la vuelta a las raíces, la reflexión acerca de la herencia popular. En efecto, el de Lila Downs no es un caso aislado. Varias cantantes mexicano-estadounidenses de su generación han seguido el mismo recorrido. Y así, Susana Harp y Lhasa de Sela, cada cual a su manera, también hacen revivir los clásicos populares tales como "La Sandunga", "La Llorona", etc. Lhasa de Sela, cuyo primer disco es distribuido en Francia desde 1998 e hizo vibrar las tablas del Bataclan en París, conoció un éxito relativo. Pero, en nuestra opinión, Lila con su voz colorida y versátil que pasa de la alegría a la tristeza, Lila que navega alegremente de la música tradicional a las sonoridades de la Ópera, sin olvidar las del blues y el jazz, ocupa un lugar aparte. No cabe duda de ello, pues detrás de su trabajo, donde se mezclan lo popular y lo indígena, la herencia y la creación, existe una técnica a la vez arraigada en su propia experiencia y enriquecida por su formación de antropóloga, lo cual confiere a sus interpretaciones una fuerza y un encanto que hechizan a quienes las escuchan. No se trata solamente de retomar y poner al día los grandes clásicos populares, sino de darles una voz a los que no tienen voz, y devolverle su lugar a una cultura que todavía, y demasiado a menudo, se denigra y se maltrata, o bien se asimila al folklore. "Me gustaría que a través de mi arte los Mixtecos se sintieran más orgullosos de lo que somos (...) Quiero crear la conciencia de nuestras raíces. Me molesta que estemos avergonzados de lo que somos ", explica. Más que rescatar o difundir, se trata de revelar aquella cosmovisión ancestral, compartir la belleza que encierra y sacar a la luz del día una parte de la cultura mexicana que aún parece adormecida. Esperemos que la moda de la "world music" le permita muy pronto al público francés descubrir esta Piaf indígena.