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Ana Mª Matute: Premio Cervantes 2011

Recogemos el artículo publicado en el Babelia de este fin de semana sobre la obra de Matute:

http://www.elpais.com/articulo/portada/Universo/Matute/

elpepuculbab/20110423elpbabpor_31/Tes

REPORTAJE: LIBROS - PREMIO CERVANTES

Universo Matute

ROSA MORA 23/04/2011

 

Escondida en un armario descubrió sus mundos imaginarios y mágicos. La Guerra Civil, la infancia derrotada, la incomunicación, el bosque y la crueldad han marcado la obra de esta escritora, que el próximo miércoles recibe el Premio Cervantes.

Ana María Matute fue una niña. Nacida en Barcelona en 1925, en una familia acomodada, de padre catalán y de madre castellana. A los cinco años sufrió una infección de riñón y a los ocho, otra grave enfermedad hizo que sus padres la enviaran a Mansilla de la Sierra, en La Rioja, donde la familia de su madre tenía una finca.

Tenía 11 años cuando empezó la Guerra Civil. Su infancia no fue feliz. Tímida, rebelde, solitaria, incomprendida, falta del cariño materno. Le gustaba esconderse en los armarios y no le importaba que la castigaran al cuarto oscuro. Allí empezó a crear sus mundos imaginarios y mágicos. A los cinco años escribió y dibujó su primer cuento, y siguió. Estos relatos están reunidos en Cuentos de infancia. A los 10, se inventó una revista, Shibyl.

Es habilidosa y ha construido sus propios teatros. Nunca ha jugado a muñecas, pero ha conservado toda la vida un muñeco negro, Gorogó, que le regaló su padre y al que le contaba las injusticias que veía. Aparece en Primera memoria, con Paraíso inhabitado, su novela más autobiográfica. Es una narradora oral excepcional. Odia las historias políticamente correctas de la factoría Disney.

De sus veranos en Mansilla de la Sierra, obtuvo una doble experiencia. El amor por la naturaleza, por los bosques, en los que vagaba trepando árboles y descubriendo sus misteriosos sonidos. Y el revés de la medalla: hombres y mujeres duros, niños hoscos, callados, sin infancia, trabajando en la tierra. La antigua Mansilla, desparecida bajo las aguas de un pantano, que ella denomina Artámila, aparece en varias de sus obras, como Fiesta al Noroeste, Los hijos muertos o el libro de relatos Historias de la Artámila.

Escribió Pequeño teatro a los 17 años. Cuando tenía 19, la llevó temblando como un flan a Destino, pero la novela ganó el Premio Planeta en 1954. En Destino apareció su primer cuento, El niño de al lado, en mayo de 1947. Al año siguiente, quedó finalista del Premio Nadal con Los Abel.

Ana María Matute, que ha sabido mezclar como nadie la realidad más cotidiana con lo mágico, es una escritora única, no se parece a nadie. Para ella, la literatura es una manera de ser y en ella recrea los temas que la obsesionan: la guerra y la posguerra, la infancia, la incomunicación, la injusticia, el mundo hostil, la naturaleza y el bosque.

1. LA GUERRA CIVIL / Años de desolación

La guerra y la posguerra cambiaron la vida de Ana María Matute. "Nadie me había dicho que la vida era así". Abordó el tema, que a menudo se cruza con el de la infancia derrotada en su obra, en varias de sus novelas. Son la historia de la desolación.

Conmueven Los hijos muertos (1958) y Primera memoria (1959), Premio Nadal y primera novela de su trilogía denominada Los mercaderes, continuada con Los soldados lloran de noche y La trampa.

En Los hijos muertos, Matute habla de clases sociales y de lucha fratricida entre dos Españas. Daniel pertenece a la clase dominante, pero se une a la desfavorecida por sus ideas, lo que le llevará al destierro, la enfermedad y el más completo desaliento. Miguel, hijo de un anarquista, también regresará a su ciudad donde no tendrá más salida que la delincuencia.

En esta novela de largo aliento, poético, retrata a personajes colectivos: los niños, las mujeres y los hombres que luchan por sobrevivir. La injusticia y el odio. Lo peor es el futuro: la pérdida progresiva de valores tanto entre los hijos de los vencedores como de los vencidos.

Una de las mejores novelas de la escritora es Primera memoria. En una isla, presumiblemente Mallorca, la guerra es algo lejano y próximo a la vez. Vive en una paz hipócrita, pero están los rencores soterrados, la violencia.

La primera incursión publicada de Matute en esos años desgarradores es Los Abel (1948), una novela de juventud en la que a partir de una historia bíblica, refleja la atmosfera de la posguerra.

En Luciérnagas (1949), la Guerra Civil no es el argumento principal, pero ahí está. Fue prohibida por la censura. En 1955, la revisó y se publicó con el título de En esta tierra, pero en 1993, recuperó la versión original.

3. LA INCOMUNICACIÓN / Faltan las palabras

"Nací cuando mis padres ya no se querían". Así empieza Paraíso inhabitado (2008), una de las novelas de Ana María Matute que mejor expresan la incomunicación y la incomprensión. Adriana recuerda su infancia, un mundo gris y autoritario.

Creció en soledad, más cerca de la tata María y de la cocinera Isabel que de su familia. Se escondía en los armarios, debajo de las mesas. Creó un mundo propio frente al de los adultos (gigantes), en el que se inventó amigos, en el que podía ver al unicornio del tapiz corriendo por la casa o relucientes estrellas en las lágrimas de las lámparas. Solo tía Eduarda, independiente y fuerte, la comprendía.

Matute tardó ocho años en escribir esta novela. Para los lectores valió la pena: el realismo de la vida cotidiana junto a un mundo mágico; la indefensión de la infancia frente a los adultos; la consciencia de ser diferente; Gavi, el compañero de juegos y del descubrimiento del amor, rechazado por los gigantes, porque es hijo de una bailarina eslava a quien no aceptaban las mentes biempensantes...

El choque definitivo con los gigantes llega el primer día de escuela. Hay unanimidad, es una niña rara. Todo esto pasa en el Madrid de los años treinta cuando ya se nota el olor a pólvora. "Es un grito de pena por la falta de comunicación entre los seres humanos", definió la escritora.

Se podría decir que es una de las mejores novelas de Matute, en la que destaca una impresionante sobriedad estilística, pero tiene tantas que son buenas. Hay que leerlas.

En este mundo especial de Matute, hay una apuesta por los seres desprotegidos, por la fragilidad de los débiles que sucumben ante los más fuertes.

En Pequeño teatro, vemos también el desamparo, la soledad, los odios, la ambición, la crueldad, las mezquindades, a los seres humanos que sienten y sufren.

2. LA INFANCIA / Pérdida de la inocencia

Ana María Matute es quien mejor ha escrito sobre la infancia, la infancia como irreparable pérdida de la inocencia, la adolescencia y la entrada en la madurez, a menudo dolorosa. El mundo de los niños frente al de los gigantes (adultos). Es en buena parte una crítica a la educación en la época de su niñez.

"Te domaremos", dice la imponente abuela, en Primera memoria, a Matia, de 12 años, cuando esta llega a la isla. Su madre murió cuando ella tenía nueve. Su padre desapareció. Traída y llevada, sumida en la tristeza y el desamor, lo primero que aprende es a no llorar. Su primo Borja, débil, soberbio y cruel, le enseña, con el aplauso de los gigantes, lo que es la traición, a costa del muchacho más bondadoso. "El saber la oscura vida de las personas mayores, a las que sin ninguna duda pertenecía ya, me hirió y sentí dolor físico", dice la niña. Volvemos a encontrar a Matia en La trampa, vencida y descorazonada. Ha sufrido en carne y hueso la experiencia de un matrimonio desafortunado.

La infancia, la iniciación, el descubrimiento del amor atraviesan toda la obra de Matute, desde las novelas sobre la guerra a las de su saga medieval. Vemos en La torre vigía (1971), ambientada en la Alta Edad Media, al muchacho que a los siete años es apartado de su madre, que debe crecer prácticamente solo, pasando hambre y frío, hasta convertirse en caballero al servicio del barón Mohl. O a Aranmanoth (Aranmanoth, 2000), hijo del señor de Lines y de la más pequeña de las hadas del agua, mitad humano mitad mágico, que recorrerá hasta la muerte el camino de la diferencia, la amistad y el amor.

Ana María Matute es una fabuladora impresionante, una contadora de historias, y su castellano es tan transparente que reconforta. -

4. LA CRUELDAD / Un mundo hostil

En las novelas, pero sobre todo en los cuentos para niños y para adultos, describe Ana María Matute un mundo hostil, la crueldad, porque "el mundo es cruel", dice. No da concesiones, el edulcorado paisaje Disney nada tiene que ver con ella. Lo que cuenta es la realidad, a veces mezclada con magia.

Veamos algunas de sus historias. La de Yungo, el niño mudo de El saltamontes verde. Huérfano, sus padres se ahogaron en el río cuando empezaba el deshielo y el río se desbordó. Fue recogido por una granjera, pero los chicos de la granja no le querían, pensaban que era estúpido, solo porque había perdido la voz. Un día salvó a un saltamontes de las garras de los niños de la granja. Se hicieron amigos, juntos intentaron encontrar el Hermoso País, pero su liberación solo llegó con la muerte.

Jujú fue criado por tres tías solteronas, que lo encontraron en un capazo frente a la casa. En El polizón de Ulises (1965), el pequeño héroe, triste de soledad, se refugia en el desván, que convierte en su barco, el Ulises. Le acompañan la señorita Florentina (una paloma) y el contramaestre (un perro). Un día llega un polizón y ambos sueñan con la huida, otro de los temas favoritos de Matute.

Muchos de los protagonistas son chicos huérfanos o los que no quieren sus padres (sobre todo, sus madres), marginados, inocentes y asombrados, desplazados.

De sus cuentos, reunidos en La puerta de la Luna, editado por María de la Paz Ortuño, solo hace falta leer 'Los niños tontos' (1956) para comprender ese mundo de tristeza y desazón. 'La niña fea', de quienes se burlaban sus compañeros; 'El negrito de ojos azules', rechazado porque no lloraba; 'El hijo de la lavandera'... Ese mundo hostil en el que se margina a los débiles. -

5. EL BOSQUE / Imaginación y fantasía

“EL MUNDO que me ha fascinado desde mi más tierna infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el bosque, que para mí es el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también el de la propia literatura”, dijo Ana María Matute en su discurso de entrada en la Real Academia, en 1998. El bosque real y el creado por las palabras, misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente.

El bosque es el lugar al que le gustaba escapar en la niñez y en la adolescencia, en Mansilla de la Sierra, Artámila en sus historias, y los cuentos que le contaban las niñeras y la soledad le hicieron posible recrear mundos fantásticos mediante la imaginación y la palabra.

Olvidado rey Gudú (1996), la novela con la que regresó tras 20 años de silencio, es el mejor ejemplo de esta fascinación, pero también lo es un cuento presuntamente incorrecto, El verdadero final de la Bella Durmiente (1995). Tan diferentes y tan fantásticos.

Cuando empiezas a leer Olvidado rey Gudú es fácil sentirse como Alicia (el País de las Maravillas), entras como en un sueño, en una fábula de imaginación desbordante, llena de seres mágicos que viven historias aúnmás mágicas. Al Norte está la selva, donde hay la mejor caza; al Oeste, la alta y espesa tundra que lleva a Occidente, hacia el Rey; al Sureste, las montañas Lisias. La estepa y sus infernales Jinetes Esteparios, inviernos, hielos y deshielos, tierra de niebla, donde los caballeros feudales mantienen luchas infinitas.

Es un mundo mágico, de Ardid, que a los siete años fue reina; del Hechicero y su sabiduría y bebedizos; del Trasgo del Sur, que incumplió las reglas y se contaminó de los humanos; de la bellísima Ondina, que vive en el fondo del más bello lugar del Lago de las Desapariciones; de la Gran Dama del Lago; del Reino de las Tinieblas… Esta fábula explosiva y mágica es en el fondo una metáfora del hombre y de su historia, en la que se mezclan realidad y leyenda, pasado y futuro.

Aparentemente en las Antípodas está El verdadero final de la Bella Durmiente. El argumento es una patada a la falsa tradición Disney. El recorrido por el bosque de la Bella Durmiente y del Príncipe Azul da pavor y anuncia lo peor. Ya casados, atravesaron bosques, praderas, donde pacían ciervos; las fuentes donde solían aparecer silfos, elfos, hadas y gnomos.

Más adelante, hacia el reino del Príncipe, todo empezó a oscurecer, desaparecieron los pájaros y las mariposas.

Los árboles estaban cada vez más y más apretados. Luego entraron en una región sombría pantanosa; el bosque se hizo espeso y oscuro. Como el bosque cambiante, el futuro de la Bella Durmiente parece cada vez más incierto.

 

 

Del poeta Javier Egea

 

Se publica en el Babelia de este fin de semana un reportaje sobre el poeta granadino con motivo de la publicación de la primera parte de sus obras completas:

http://www.elpais.com/articulo/portada/Andar/erguido/solo/elpepuculbab/20110423elpbabpor_43/Tes

Raro de luna I

Il y a des gens quelque part qui n´en peuvent plus de silence
(Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio)

Louis Aragon



........Allí
donde las islas
donde floten los párpados aquellos
las negras islas
las definitivas arenas secretas allí
cuando se agota el brillo de los abordajes
allí mientras llaman las sirenas últimas
pequeña perla negra
donde las islas negras
........allí
donde quizá los cofres aquellos entonces entrevistos

........No No era este el lugar
Para ti siempre quise
avenidas sin látigo
plazas sin gentes pálidas que se desploman
chapoteando caen mientras que sangran y por siempre caen
del verdín de las gárgolas y de las cicatrices
sobre reinos vastísimos de laberintos y de topos
........caen

Quizá fuera posible
quizá pensé que al menos esa lluvia de los ojos de patio
algún día tomar las islas negras a embestidas
para tu cuerpo
para las cruces en el mapa de fuego

........No No era este el lugar
ni su aventura alquilada
definitivamente para ti

Pero oigo las andanadas secas contra muros y sueños
todo enmudece frente a las altas sienes sin alba
todos los brazos cierran sus mundos presentidos
en el punto de mira de la noche tirita su silencio
y mis ojos ahora perdidos
-ropa olvidada en perchas ya sin luna-
entre los siete por siete metros de estampida
buscan tus otros ojos perdidos
tus otros bosques sin galope

........Al entrar
siete por siete pozos por siete olas por siete labios despoblados
y a las charnelas
a su desvencijado saludo
respondo siempre habito este palacio
por los reinos del frío del frío
voy a las grutas del 2.º B
nadie con esa llave
nadie con esos ojos al entrar
siete por siete mares por siete soledades

¿Cómo contar ahora que la muerte se llama 2.º B
cómo decir 2.º B sin abismarse
por la tiniebla de porteros eléctricos y solos
cómo decir a nadie yo soy el enamorado del 2.º B
quién saca la basura del 2.º B
dónde se prende la luz del 2.º B
cómo vivir
cuando su nombre pálido te cerca?

Hay noches que no ofrecen
sino palomas ciegas en sus escaparates
Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio

Soledades al filo de la pólvora
soledades que tienen chaqueta en su respaldo
soledades con banqueros al fondo
soledades de las torres
........las desmoronadas torres
soledades canallas bogando las venas y los albañales

No No era este el lugar ningún lugar nunca más un lugar

Funeral Blues de W.H. Auden

(Extraída de la interesante página de poesía: http://atlasdepoesia.blogcindario.com/

FUNERAL BLUES

Detengan los relojes
desconecten el teléfono
denle un hueso al perro
para que no ladre
Callen los pianos y con ese
tamborileo sordo
saquen el féretro...
Acérquense los dolientes
que los aviones
sobrevuelen quejumbrosos
y escriban en el cielo
el mensaje...
él ha muerto.

Pongan moños negros
en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes
de algodón negro

Él era mi norte mi sur
mi este y oeste
mi semana de trabajo y mi
domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche
mi conversación, mi canción

Creí que el amor perduraría
por siempre.
Estaba equivocado.

No precisamos estrellas ahora...
Apáguenlas todas
Envuelvan la luna
desarmen el sol
Desagüen el océano y
talen el bosque
porque de ahora en adelante
nada servirá.

WH AUDEN

Cata de vinos

La cata en seis pasos muy fáciles

CARLOS DELGADO - 16/04/2011

(Suplemento El Viajero. El País: http://elviajero.elpais.com/articulo/viajes/cata/pasos/faciles/elpepisupvia/20110416elpviavje_2/Tes

Lo importante a la hora de degustar un vino es descubrir (para gozar) sus principales aromas y experimentar la armonía de sus sabores, la caricia del líquido en la boca, para aventurarse en su paisaje de olores y sabores. Lo que necesita de cierta técnica y práctica. Nada del otro mundo.

1 COPA Y VINOS. Hay que elegir una habitación tranquila, bien iluminada, sin ruidos ni olores extraños, con una mesa cubierta de un mantel blanco. La temperatura no debe pasar de los 20º C. Hay que tener a mano una ficha de cata o un bloc para notas. Y una buena copa, algo cerrada en la boca. Una botella de distintos tipos de vino: blanco, tinto, rosado, joven, con crianza... Las temperaturas adecuadas del vino son: 9º C para los blancos, 11º C para los rosados y tintos jóvenes, 17º C para los tintos de crianza.

2 TONOS Y LÁGRIMAS. Sírvase un poco de vino, empezando por el blanco. Observe la copa. Su aspecto y color nos ofrece una primera información acerca del estado, edad y elaboración. Debe aparecer limpio, pero no necesariamente transparente; puede no estar filtrado. Son importantes los matices: un vino joven tendrá tonos verdosos si es blanco, frambuesa en caso de un rosado, o violáceos si es tinto. Por el contrario, matices dorados indicarán un blanco maduro o con crianza; fresa oscura, un rosado evolucionado, y matices teja, un tinto de crianza. Dé a la copa unos cuantos giros, de forma que el vino moje bien todas las paredes. Eso hará aparecer las lágrimas, de aspecto oleoso. Indican que el vino es rico en alcoholes superiores. Este llanto debe llenarnos de felicidad porque anuncia un vino suave, untuoso y sabroso.

3 FRUTAS Y FLORES. Acérquese la copa a la nariz e inhale suave y lentamente. Evite aspiraciones fuertes. Retire la copa y concéntrese en distinguir los olores. Póngales nombre, el primero que le venga a la cabeza. Las más comunes son manzana, melocotón, pera, plátano, cereza, ciruela, picota, grosella, fresa, frambuesa, mora, maracuyá, arándano, piña, mango... aromas conocidos. Apúntelos y siga buscando. Un buen vino tiene muchas frutas, sobre todo si es joven. Piense ahora en las notas florales, más sutiles: azahar, violeta, rosa, lila, iris, camomila, anís, saúco... Por último, trate de encontrar alguna nota vegetal como hierba fresca, heno, zarcillo, pámpano, laurel, hiedra, café verde, hoja de tabaco, pimiento, menta, clorofila, regaliz, hojas de viña, etcétera.

4 MADERA Y ESPECIAS. Los aromas y olores, si se trata de un vino joven, nos permiten ya hacer un juicio de valor. Cuanto más limpios, nítidos, expresivos y abundantes resulten, mejor será. Pero si se trata de un crianza, es posible que los aromas más destacables sean de madera y especias, fundamentalmente vainilla, coco, clavo, canela, pimienta, y los propios del tostado de la barrica, humo, torrefactos. Es importante que estos aromas de crianza no se impongan a la fruta. Será mejor el vino que mejor armonice sus aromas. En un vino tinto con larga crianza también aparecerán aromas como cuero, incienso, flores marchitas... Ahora intente definir las sensaciones aromáticas por su intensidad, nitidez o limpieza, armonía y complejidad. Así, el aroma puede ser débil, moderado, fragante, punzante, limpio, complejo..., palabras que se definen por sí mismas y que indican la calidad aromática del vino.

5 EL PRIMER SORBO. Llega la hora de beber. Tome un pequeño sorbo de vino, páselo lentamente por la boca y tráguelo para apreciar el paso de boca, el sabor y, de nuevo, los aromas. Porque la percepción bucal engloba varios sentidos, como el olfato por vía retronasal, el gusto propiamente dicho, las sensaciones táctiles y la impresión térmica. Intente distinguir los sabores ácidos y amargos, el gusto salado y dulce. Todos se encuentran en mayor o menor medida en el vino, pero deben estar equilibrados, aunque puede destacar ligeramente la acidez, que da frescura. Trate de definir el gusto del vino: fresco, goloso, abocado, amargo, cítrico, salado, ácido.

6 SENSACIONES. Por último, trate de apreciar las sensaciones táctiles. Confundido la mayoría de las veces con el sentido del gusto, el tacto desempeña un papel importante. Gracias a él podemos apreciar algunas de las características más destacadas de un vino, como su suavidad, textura, volumen, astringencia... Las sensaciones táctiles fundamentales son: áspero, aterciopelado, astringente, ardiente, fluido, corpulento, untuoso, redondo, vivo, carnoso, graso, duro.

La bondad de un vino tiene mucho que ver con esa impresión bucal. Por muchos y sugestivos aromas que tenga, si resulta rugoso o duro no pasará el aprobado. Por lo mismo, redondo, suave, aterciopelado, etcétera, indican un buen vino aunque su expresión aromática no sea muy potente.

Un último consejo: repita el proceso con cada tipo de vino. Luego cubra las botellas, haga una cata a ciegas y trate de distinguirlos y definirlos. Podrá comprobar su progreso.

 

La cinta blanca de Michael Haneke