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Novelas

Violación. Una historia de amor. de Joyce Carol Oates

Violación: una historia de amor, publicada en inglés en 2004 y recientemente traducida al castellano por Santiago Roncagliolo para la colección Papel de Liar, es un eslabón en esa serie de novelas con las que Joyce Carol Oates está redefiniendo los temas y los escenarios de la literatura realista estadounidense. Forma parte del mismo paisaje estilístico, emocional e incluso geográfico que las novelas Ave del Paraíso, Niágara, La hija del sepulturero y varios relatos como "Me and Wolfie, 1979", "The girl with the blackened eye" o "The beating", lo que significa, en el universo Oates, una historia de violencia y destrucción narrada con colores chillones.

Teena Maguire es víctima de una violación en grupo y una paliza en un cobertizo en Rocky Point Park, Niagara, que la deja casi moribunda ante los ojos de su hija Bethie, de doce años. La transformación de las vidas de los personajes tocados por esta violación -madre, hija y Dromoor, uno de los policías encargados del caso- ocupa el centro de esta escueta novela construida por pequeños fragmentos que alternan puntos de vista, voces y planos temporales.

El compromiso de Oates con el realismo como género parece fundamentarse en la convicción de que es necesario reclamar un lugar en la literatura para esas historias, personajes y situaciones que muchos otros escritores rechazan por ser "anti-literarias" o situarse en los márgenes de lo que consideramos narrativamente aceptable. Así, Teena y Bethie son presentadas como personajes simples, torpes y heridos, sin rasgos redentores, blindados del todo a la identificación a la que el lector podría aspirar. Los escenarios y el lenguaje sitúan la historia en un ambiente igualmente áspero y feo, y la trama gira hacia direcciones inesperadas en una novela tradicional pero verosímiles en una historia de superación que dinamita el esquema literario clásico según el cual un personaje sufre, aprende, cierra las heridas y después se transforma en otro. En el equilibrio necesario entre vida amorfa y forma literaria que sustenta el realismo, Oates parece haber apostado por flexibilizar los límites de la novela para que quepa algo realmente parecido a la vida, con sus cierres en falso, su olvido sin enseñanza, su brutalidad sin explicación y su fuerza sin sentido.

Así, la historia de Teena y Bethie, en su brevedad, puede leerse como un manifiesto acerca de cómo narramos (y en consecuencia vivimos) las trayectorias humanas actuales, con sus fracturas, omisiones y direcciones truncadas. No es un camino lineal, por supuesto, ni sigue un dibujo que satisfaga al lector: en la trama de Violación: una historia de amor sólo el ritmo y la intención última guían la lectura. Pero, ¿qué queréis?, parece decir la autora, estos personajes no son listos, no están bien peinados y no piensan como vosotros, queridos lectores. No es en esta novela ni en este género donde encontraréis mi complicidad.

Pablo Chul (www.ambitocultural.es/)

Mejores libros del año 2011

Dejamos el enlace a la página del suplemento literario Babelia donde seleccionan las mejores novelas del año:

http://www.elpais.com/especial/libros/

Nada de Janne Teller

Nada de Janne Teller
La moderna y pagada de sí misma sociedad actual está muy poco acostumbrada a mirarse al espejo, prefiere regalarse los oídos oyendo decir lo equitativa, humanitaria, atenta y libre que es, más bien que atreverse al cara a cara con su reflejo, a tener la valentía de mirarse a los ojos y ver las vísceras de las que está compuesta interiormente. Cuando lo hace se asusta, tiene miedo. Eso ha sucedido en la última década con este libro. Nada de la danesa Janne Teller ha sido censurado, prohibido y detestado a la vez que recomendado, premiado y obligado a leerse. “Espejito, espejito ¿quién es la más guapa?” Si quieren saber la respuesta lean Nada. LEER MÁS


Para lograr el exorcismo de mirarnos a los ojos es necesario que quien nos refleje tenga la objetividad máxima. Normalmente esa inocencia se la atribuimos a los niños, y es por eso que los protagonistas de esta historia son niños. Criaturas bien intencionadas como habremos sido todos nosotros, deseosos de ayudar a un compañero que se ha subido a un ciruelo.

Ese el comienzo de esta fábula contemporánea, Pierre Anthon descubre que en realidad nada importa en la vida por lo que abandona la escuela, se sube a un árbol y se dedica a filosofar delante de sus compañeros. Verdades como puños salen de sus labios mientras sus condiscípulos tratan de ayudarle demostrando que hay muchas cosas en la vida que realmente valen la pena, que tienen significado.

Cada uno deberá ofrecer su dádiva sacrificatoria ante el “altar” del significado para convencer a Anthon que bajar del árbol y callarse la boca es lo mejor. Esa búsqueda de significado poco a poco se convierte en una sucesión de las miserias, vergüenzas, envidias y codicias adultas en boca de niños.

Esto adquirirá unas dimensiones que se escapan de las manos de los chicos y que demostrará quién tiene al final razón.

Teller muestra su oficio puesto que escribe una obra terrible con personajes y palabras sencillas, sin ofensas, estridencias ni escándalos. Casi es dulce y benévola al hacerlo, lo cual sin duda magnifica la tragedia que representa. Un drama moral que nos sujeta la cara mientras nos miramos y nos enseña en lo que nos hemos convertido.

¿Se atreven a hacer la prueba y mirarse en el espejo? Salvo que esté sobornado como el del cuento, no les gustará lo que vean, seguro.

Pepe Rodríguez (www.elplacerdelalectura.com)

FICHA DEL LIBRO

Título: Nada | Autor: Janne Teller | Editorial: Seix-Barral| Páginas: 160| Precio : 16€

La tregua de Mario Benedetti

La tregua de Mario Benedetti

Lunes 24 de febrero

Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era solo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más.

(La tregua es una novela de Mario Benedetti escrita en 1960 situada en Montevideo, Uruguay. Toda la novela está escrita en forma de diario, que es escrito de Febrero de 1958 a Mayo de 1959 por Martín Santomé, un hombre viudo de 49 años que esta a punto de jubilarse y tiene en su vida un momento de "tregua", debido a su enamoramiento de una joven compañera de trabajo, Avellaneda.)

Citas

  • Yo tendría que sentirme orgulloso de haber quedado viudo con tres hijos y haber salido adelante. Pero no me siento orgulloso, sino cansado. El orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz.
  • Era un borracho extraño, con una luz especial en los ojos. Me tomó de un brazo y dijo, casi apoyándose en mí: "¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte". Otro tipo que pasó en ese instante me miró con una alegre dosis de comprensión y hasta me consagró un guió de solidaridad. Pero ya hace cuatro horas que estoy intranquilo, como si realmente no fuera a ninguna parte y sólo ahora me hubiese enterado.
  • Hay momentos en que tengo y mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea algo pleno, rico, la última oportunidad de encontrarme a mí mismo.
  • Hay una especie de reflejo automático en eso de hablar de la muerte y mirar en seguida el reloj.
  • Sé que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirme frente a su mirada.
  • Acaso mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas, y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros.
  • A veces me siento desdichada, nada más que de no saber qué es lo que estoy echando de menos.
  • Por primera vez, una mujer. Siempre les tuve desconfianza para los números. Además, otro inconveniente: durante los días del período menstrual y hasta en sus vísperas, si normalmente son despiertas, se vuelven un poco tontas; si normalmente son un poco tontas, se vuelven imbéciles del todo.
  • No sé qué tendrá mi cara que siempre invita a la confidencia. Me miran, me sonríen, algunos llegan hasta a hacer la mueca que precede al sollozo; después se dedican a abrir su corazón. Y, francamente, hay corazones que no me atraen.
  • Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso.
  • Francamente, no sé si creo en Dios. A veces imagino que, en el caso de que Dios exista, no habría de disgustarle esta duda.
  • Tengo pocos amigos y Aníbal es el mejor. Por lo menos es el único con quien puedo hablar de ciertos temas sin sentirme ridículo. Alguna vez tendremos que investigar en qué se basa nuestra afinidad.
  • Está la opinión que uno puede tener de sí mismo, algo que increíblemente tiene poco que ver con la vanidad. Me refiero a la opinión cien por ciento sincera, la que uno no se atrevería a confesarle ni al espejo frente al que se afeita.
  • La verdad es que esa excelente opinión de mí mismo ha decaído bastante. Hoy me siento vulgar y, en algunos aspectos, indefenso. Soportaría mejor mi estilo de vida si no tuviera conciencia de que (sólo mentalmente, claro) estoy por encima de esa vulgaridad. Saber que tengo, o tuve, en mí mismo elementos suficientes como para encaramarme a otra posibilidad, saber que soy superior, no demasiado, a mi agotada profesión, a mis pocas diversiones, a mi ritmo de diálogo: saber todo eso no ayuda por cierto a mi tranquilidad, más bien me hace sentir más frustrado, más inepto para sobreponerme a las circunstancias.
  • La seguridad de saberme capaz para algo mejor, me puso en las manos de la postergación, que al fin de cuentas es una arma terrible y suicida.
  • Lo que deseo ahora es mucho más modesto que lo que deseaba hace treinta años y, sobre todo, me importa mucho menos obtenerlo. Jubilarme, por ejemplo. Es una aspiración, naturalmente, pero es una aspiración en cuestabajo. Sé que va a llegar, sé que vendrá sola, sé que no será preciso que yo proponga nada. Así es fácil, así vale la pena entregarse y tomar decisiones.
  • Una de las cosas más agradables de la vida: ver cómo se filtra el sol entre las hojas
  • Tiene algo de razón, pero me desalienta que tenga razón.
  • Hace unos cuantos días que la noto apagada, casi triste. Eso sí, le sienta la tristeza.
  • Después de mucho exprimirme el cerebro llegué al convencimiento de que lo que está peor es la resignación. Los rebeldes han pasado a ser semi-rebeldes, los semi-rebeldes a resignados
  • Antes sólo daba su coima el que quería conseguir algo ilícito. Vaya y pase. Ahora también da coima el que quiere conseguir algo lícito. Y esto quiere decir relajo total.
  • Antes de empezar a olvidarse, tiene que acordarse, que empezar a acordarse.
  • Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero, cuando además de desgraciado, uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.
  • "¿Ya pasó todo?", pregunté. "Sí, pasó todo." Era mentira, pero ambos compredimos que hacía bien en mentir.
  • Todo estuvo tan bien, que no vale la pena escribirlo.
  • Ella me daba la mano y no hace fala más nada. Ella me da la mano y eso es amor.
  • Esos inútiles que pecan por el mero hecho de vivir.
  • Qué feo es eso de que le digan a uno la verdad, sobre todo si se trata de una de esas verdades que uno ha evitado decirse aún en los soliloquios matinales, cuando recién se despierta y murmura pavadas amargas, profundamente antipáticas, cargadas de autorrencor, a las que es necesario disipar antes de despertarse por completo y ponerse la máscara que, en el resto del día, verán los otros y verá a los otros.
  • De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad.
  • No sé, yo querría que Dios existiese. Pero no estoy seguro. Tampoco estoy seguro de que Dios, si existe, vaya a estar conforme con nuestra credulidad a partir de algunos datos desperdigados e incompletos.
  • Después ya en casa, Blanca me dio un abrazo, uno de esos abrazos que ella no derrocha y que por eso mismo son más memorables.
  • La verdadera división de las clases sociales, habría que hacerla teniendo en cuenta la hora en que cada uno se tira a la cama.
  • A mi me cuesta ser cariñoso, inclusive en la vida amorosa. Siempre doy menos de lo que tengo. Mi estilo de querer es ése, un poco reticente, reservando el máximo sólo para las grandes ocasiones.
  • Ya sé ahora que mi soledad era un horrible fantasma, sé que la sola presencia de Avellaneda ha bastado para espantarla, pero sé también que no ha muerto, que estará juntando fuerzas en algún sótano inmundo, en algún arrabal de mi rutina. Por eso, sólo por eso, me apeo de mi suficiencia y me limito a decir: ojalá.
  • Son raras las veces que pienso en Dios. Sin embargo, tengo un fondo religioso, un ansia de religión. Quisiera convercerme de que efectivamente poseo una definción de Dios, un concepto de Dios. Pero no poseo nada semejante. Son raras las veces que pienso en Dios, sencillamente porque el problema me excedetan sobrada y soberanamente, que llega a provocarme una especie de pánico, una desbandada general de mi lucidez y de mis razones.
  • Yo necesito un Dios con quien dialogar, un Dios en quien pueda buscar amparo, un Dios que me responda cuando lo interrogo, cuando lo ametrallo con mis dudas (...) me importa un Dios que está a mi alcance, me importa asirlo, no con mis manos, claro, ni siquiera con mi razonamiento. Me importa asirlo con mi corazón
  • Hay que lograr que se despierte en los demás la vergüenza de sí mismos, que se sustituya en ellos la autodefensa por el autoasco. El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se covertirá en algo útil.

 

Verano (2010) de J.M. Coetzee

La verdad de Coetzee
JOSÉ MARÍA GUELBENZU 05/06/2010

El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano. Repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales
A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.
Si no olvidamos que, a fin de cuentas, Coetzee está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.
El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.
El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela
(Babelia, www.elpais.es)

INDIGNÁDEVOS

INDIGNÁDEVOS

A edición galega ten un moi interesante prólogo de Manuel Rivas. Deixo a continuación un artigo de Le Monde Diplomatique en castelán:

Tiene 93 años. Se llama Stéphane Hessel. Y la historia de su vida es una fabulosa novela. Lo era ya, en cierto modo, antes mismo de que naciera. Algunos quizás recuerden aquella película de François Truffaut, Jules et Jim. Pues bien, la mujer anticonformista interpretada por Jeanne Moreau, y uno de sus dos amantes (1), Jules, judío alemán traductor de Proust, fueron sus padres. En la atmósfera artística del París de los años 1920 y 1930, Stéphane Hessel creció rodeado de los amigos de la casa, entre otros, el filósofo Walter Benjamin, el dadaísta Marcel Duchamp y el escultor Calder...
Al estallar la Segunda Guerra Mundial, se alista en la Resistencia y se suma, en Londres, al equipo del general De Gaulle, quien le confía una peligrosa misión en territorio francés. Detenido por los nazis, es torturado y deportado al campo de exterminio de Buchenwald, de donde trata, una y otra vez, de evadirse. Lo acaban capturando y lo condenan a la horca. A punto de ser ejecutado, consigue usurpar la identidad de un muerto y logra por fin evadirse. Se une a la lucha por la liberación de Francia, inspirado en los principios del Consejo Nacional de la Resistencia que promete una democracia social, la nacionalización de los sectores energéticos, de las compañías de seguros y de la banca, y la creación de la Seguridad Social.

Después de la victoria, De Gaulle lo envía -tiene apenas 28 años- a Nueva York, a la ONU, cuyos fundamentos teóricos se están acicalando entonces. Allí, Hessel participa, en 1948, en la elaboración y redacción de uno de los documentos más trascendentales de los últimos seis decenios: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Regresa luego a París para integrarse en el gabinete socialista de Pierre Mendès-France, que inicia la descolonización, pone fin a la guerra en Indochina, y prepara la independencia de Túnez y Marruecos.
Los años más recientes, este noble y persistente defensor de las causas justas, diplomático de profesión, los ha consagrado a protestar sin descanso contra el trato dispensado a los "sin papeles", a los gitanos, a todos los inmigrantes...

Y si hoy nos referimos a él, es porque acaba de publicar un librito, más bien un breve panfleto político de 30 páginas, devenido -en la Francia popular sublevada contra la regresión social-, un excepcional éxito editorial y un fenómeno social. Gracias al boca a boca y, sobre todo, a las nuevas redes sociales, el texto, ninguneado al principio por los medios de información dominantes, ha conseguido franquear las censuras y llenar de esperanza miles de corazones. En apenas unas semanas, de este repertorio de las injusticias más indignantes, ya se han vendido (cuesta 3 euros) más de 650.000 ejemplares... Algo jamás visto. Su título: una consigna, ¡Indignaos! (2).

Dice Balzac que el panfleto "es el sarcasmo convertido en bala de cañón". Añade Stéphane Hessel que la indignación es la pólvora de toda explosión social. Dirigiéndose a sus lectores, les recomienda: "Deseo que halléis un motivo de indignación. Eso no tiene precio. Porque cuando algo nos indigna, nos convertimos en militantes, nos sentimos comprometidos y entonces nuestra fuerza es irresistible".
Los motivos de indignación no escasean: "En este mundo, dice Hessel, hay cosas insoportables". En primerísimo lugar: la naturaleza del sistema económico responsable de la actual crisis devastadora. "La dictadura internacional de los mercados internacionales" constituye además, según él, "una amenaza para la paz y la democracia". "Nunca, afirma, el poder del dinero fue tan inmenso, tan insolente y tan egoísta, y nunca los fieles servidores de Don Dinero se situaron tan alto en las máximas esferas del Estado".

En segundo lugar, Hessel denuncia la desigualdad creciente entre los que no tienen casi nada y los que lo poseen todo: "La brecha entre los más pobres y los más ricos jamás ha sido tan profunda; ni tan espoleados el afán de aplastar al prójimo y la avidez por el dinero". A guisa de enmienda sugiere dos propuestas sencillas: "Que el interés general se imponga sobre los intereses particulares; y que el reparto justo de la riqueza creada por los trabajadores tenga prioridad sobre los egoísmos del poder del dinero".

En temas de política internacional, Hessel afirma que su "principal indignación" es el conflicto israelo-palestino. Recomienda que se lea "el informe Richard Goldstone de septiembre de 2009 sobre Gaza (3), en el cual este juez sudafricano, judío, que incluso se declara sionista, acusa al ejército israelí". Relata su visita reciente a Gaza, "prisión a cielo abierto para un millón y medio de palestinos". Una experiencia que lo sobrecoge y solivianta. Aunque no por ello reniega de la no-violencia. Al contrario, reafirma que "el terrorismo es inaceptable", no sólo por razones éticas sino porque, al ser "una expresión de la desesperación", no resulta eficaz para su propia causa pues "no permite obtener los resultados que la esperanza puede eventualmente garantizar".

Hessel convoca el recuerdo de Nelson Mandela y de Martin Luther King. Ellos, dice, nos indican "el camino que debemos aprender a seguir". Porque, para avanzar, sólo existe una conducta: "apoyarnos en nuestros derechos, cuya violación -sea quien sea el autor de ésta-, debe provocar nuestra indignación. ¡No transijamos jamás con nuestros derechos!".

Finalmente, se declara partidario de una "insurrección pacífica". En particular contra los medios masivos de comunicación en manos del poder del dinero, y que "sólo proponen a los ciudadanos el consumo de masas, el desprecio hacia los humildes y hacia la cultura, la amnesia generalizada y una competición a ultranza de todos contra todos".
Stéphane Hessel ha sabido expresar con palabras, lo que tantos ciudadanos golpeados por la crisis y por las medidas de regresión social sienten en el fondo de sí mismos. Ese sentimiento de que les están arrebatando sus derechos, esos anhelos punzantes de desobedecer, esos deseos de gritar hasta perder el aliento, esas ganas en fin de protestar sin saber cómo...

Todos esperan ahora la segunda entrega. Cuyo título, lógicamente, sólo puede ser: ¡Sublevaos!

Notas:
(1) El otro era Pierre-Henri Roché, autor de la novela con el mismo título llevada a la pantalla por François Truffaut.
(2) Stéphane Hessel, Indignez-vous! , Indigène éditions, Montpellier, 2010.
(3) NDLR: "Human Rights In Palestine And Other Occupied Arab Territories. Report of the United Nations Fact Finding Mission on the Gaza Conflict", Naciones Unidas, Nueva York, 15 de septiembre de 2009.

 

"La maravillosa vida breve de Óscar Wao" de Junot Díaz

"La maravillosa vida breve de Óscar Wao" de Junot Díaz

Vamos a decirlo de una vez. Junot Díaz (1968) ha creado un monstruo. Pero un monstruo de los buenos. Oscar Wao es el nuevo Ignatius T. Reilly que en su día John Kennedy Toole crease para ese clásico norteamericano titulado La conjura de los necios. Este flamante Premio Pulitzer 2008 es un fantástico libro que desarrolla la historia de una familia de procedencia dominicana afincada en EE.UU. Una historia contada con un encantador estilo que recuerda a la soltura que suele ofrecer David Foster Wallace, pero inundada en este caso de referencias a la literatura fantástica o el cómic. El señor de los anillos, Watchmen, Dune y otros tantas referencias acampan a sus anchas en este texto preñado de spanglish o, como dice Díaz, "una especie de criollo" en la que uno parece necesitar el diccionario para seguirle.

Y es que el respeto por el texto original ha hecho que a la hora de traducirlo al español se haya echado mano de una traductora cubana, Achy Obejas, que ha trabajado codo con codo con el autor. Se nota. El libro se plaga de vocablos de todo pelaje: bróder, fly, nerdismo, fokin, jevita... Son términos que contribuyen a dar la sensación de ser la narración oral de una historia divertida y patética a partes iguales en la que la presencia del dictador Trujillo, que gobernó con puño de hierro durante 1930 a1 1961, es como "el ojo de Sauron", siempre presente y que parece tener que ver mucho con el fukú -maldición, condena- que sufre esta historia de tres generaciones.

La génesis del libro parece que no fue fácil. Junot Díaz, que buscaba su lugar en la literatura tras la buena acogida de su libro de relatos publicado en 1996, y titulado en España Los Boys, había dejado por el camino el proyecto de crear un libro apocalíptico, The Secret History (la historia secreta), algo en lo que tuvo mucho que ver el fatídico 11-S. Después de que la vida real le "hubiera superado", estuvo dando tumbos hasta que tras caer en sus manos La importancia de llamarse Ernesto pronunció el nombre de Óscar Wilde en dominicano "Óscar Wao". Había nacido su héroe: "tuve la visión de un pobre nerd [vocablo que se repite durante toda la obra y que hace referencia a los fracasados de la sociedad, a los raritos] negro y jodido del gueto (...) El tipo de nerd del gueto en el que me hubiera convertido yo si no me hubieran ’descubierto’ las chicas".

Desde luego, Díaz apuntaba maneras de nerd. Cuando su padre les abandonó en los 80 y su hermano enfermó de leucemia, su familia entró en un periodo de pobreza que agudizó su imaginación y su pasión a la lectura. Empezó a aficionarse a las películas y los libros apocalípticos, sobre todo el trabajo de John Christopher, la saga de El planeta de los simios y la miniserie de la BBC, Edge of Darkness. Todas las dificultades le llevaron hacia la escritura, hacia esta primera novela fruto de un trabajo exhausto: "Me llevó siente años y muchas lágrimas" porque, como reconoce, "no eres de verdad un novelista hasta que llegas al agujero más profundo de tu jodida vida, y desde ahí escribes".

El resultado es magnífico. La maravillosa vida breve de Óscar Wao es un libro lleno de inteligencia y sentido del humor a la par que una gran denuncia de las barbaridades cometidas durante el trujillato. Con una estructura de voces cruzadas, de saltos temporales, Díaz lleva al lector donde quiere sin hacer perder a su historia un ápice de encanto. Sorprenden sus geniales notas a pie de página, que son aclaraciones y descripciones de las hazañas de algunos de los personajes más oscuros de esta dictadura caribeña, y hay momentos en los que la sonrisa se empeña en no marcharse de la cara del lector. Y es que estamos ante un libro destinado a ser un clásico y a tener un éxito editorial tan importante como el que cosechó en Estados Unidos. No lo pierdan de vista.

 María José S. Mayo - 06/06/2008 (www.elconfidencial.com )

Queremos aprovechar para recordar la novela En el tiempo de las mariposas, de la dominicaca Julia Álvarez (versión cinematográfica "In the time of butterflies" de Mariano Barroso), situada en la época de Trujillo cuando fueron asesinadas las hermanas Mirabal por oponerse a los deseos del dictador. Estas hermanas son citadas en la novela de Junot.

 

Los muertos, de Jorge Carrión

(PENDENTE DE LEER)

LOS MUERTOS. Jorge Carrión.

Mondadori. Barcelona, 2010.

176 págs. 16´90€

----------- VIDEOS SOBRE EL LIBRO, en la página oficial del escritor

http://www.jorgecarrion.com/

----------- CRÍTICA EN LA REVISTA QUÉ LEER

http://2.bp.blogspot.com/_uc4NXC-5pLA/S37nbdaEdVI/AAAAAAAACSI/w9DrqdSKl54/s1600-h/critica+carrion.jpg

-----------------CRÍTICA DE JUAN GOYTISOLO, en el suplemento Babelia (EL País)  13 de marzo de 2010, pág.9

CRÍTICA: LIBROS - Narrativa

Utopía cibernética

"Una red infinita de pantallas, eso es nuestro mundo", "una red sin centro y por tanto sin Dios", dice uno de los personajes de la novela Los muertos, de Jorge Carrión: un complejo y articulado objeto literario.

JUAN GOYTISOLO 13/03/2010

 

Estamos en Nueva York en 1995, en un callejón sombrío encajonado entre grandes bloques de edificios. Un hombre desnudo en posición fetal. Nada sabemos sobre él -ni él mismo lo sabe- sino su apodo: el Nuevo. Tres cabezas rapadas se aproximan a su cuerpo inerme y le propinan una brutal paliza a modo de bienvenida. Alguien -el Viejo- le ayuda a levantarse y le da momentáneamente abrigo. La víctima es uno de los numerosos aparecidos que acaban de "materializarse" en la ciudad y suscitan el rechazo de la población nativa. Pronto le seguirá otro: el cuerpo también desnudo de un adolescente. La secuencia se corta cuando dos individuos con bates de béisbol se dirigen hacia él. A continuación, una mujer asimismo desnuda y trémula, siempre en posición fetal, será violada por los tres cabezas rapadas. Poco a poco el lector (y telespectador) verifican que la encarnación repentina de nuevos seres ignorantes de su pasado y sin una identidad comunitaria precisa es percibida por los demás ciudadanos como una plaga. Quienes no tienen la suerte de integrarse en algún núcleo familiar acuden a los ya atestados Centros de Acogida y quieren contactar con el adivino que les ayudará a descubrir quiénes fueron en otra vida y a forjarse la identidad que ansían. Todo ello sucede a un ritmo veloz, en el que los personajes cambian de un párrafo a otro, mediante frases cortas, casi telegráficas.

Al fin de la Primera Parte de Los muertos, los comentarios eruditos de una licenciada en estudios audiovisuales publicados en The New Worker del 1 de agosto de 2011 (el subrayado es mío), nos revelan que cuanto acabamos de leer (y de ver) es una teleserie del mismo título que bate todos los récords de audiencia. Una teleserie que ha saqueado y digerido los componentes de infinidad de filmes y telenovelas, incluidos personajes, escenas y tramas argumentales en virtud de un ars combinatoria de ingredientes de toda índole tomados de la narrativa universal. El análisis de dicha superserie será a su vez el origen de Mypain.com, la web patrocinada por la productora de Los muertos con el propósito de crear un mundo virtual absoluto en el que los difuntos personajes novelescos, cinematográficos, televisivos, etcétera, puedan resucitar y encarnarse en quienes lo deseen y dispongan de medios económicos para adquirir su exclusiva. A través de una red de comentarios y reflexiones en torno a "la memoria de los muertos de la ficción" y "la de aquellos que han sido ficcionalizados tras su muerte", Jorge Carrión nos va desgranando las claves de las misteriosas "materializaciones" de la teleserie neoyorquina:

"De ese modo, se desvela un fenómeno universal: todo personaje de ficción tiene uno o más modelos, conscientes o inconscientes, tomados de la vida real. Esa hipótesis ha llevado a la idea de que el cuerpo en que se encarna un personaje de ficción tras su muerte en la obra que fue engendrado se corresponde -en el mundo de la teleserie- con la imagen física de la persona real que actuó como modelo de los creadores".

En la Segunda Parte, el novelista da una vuelta más a la tuerca del artefacto literario que está creando. Estamos otra vez en Nueva York, pero en 2015. La escena inicial del callejón es la misma, pero el cuerpo desnudo, en posición fetal, del Nuevo es el de un negro. A la agresión de que es objeto por parte de los tres cabezas rapadas responde con puñetazos y patadas hasta ponerlos en fuga. En las siguientes secuencias reaparecen personajes de la Primera Parte, angustiados por la pandemia que se abate sobre la ciudad: las desapariciones -desintegraciones súbitas- como reverso de las "materializaciones" de la anterior teleserie. Los habitantes, presa del pánico, buscan su pertenencia comunitaria en las personas con quienes compartieron su otra vida y que puedan orientarles sobre su verdadera identidad. Mundialización, angustia identitaria, venganza de los particularismos que hoy nos afectan son tratados así de manera oblicua. Adivinos, mafias, grupos terroristas, avance imparable de la pandemia desintegradora, entretejen una pesadilla recurrente. "La ciudad", dice el autor de la teleserie o de "los autores que sobre este caso escriben", "parece más virtual que nunca, más maqueta o videojuego o construcción tridimensional que nunca". Los neoyorquinos han huido, Manhattan está desierto, ni un solo peatón discurre por la Quinta Avenida. "Una red infinita de pantallas, eso es nuestro mundo", dirá un fugitivo. "Una red sin centro y por tanto sin Dios". Sin autor omnisciente y ubicuo, añadiré yo.

La utopía cibernética de Carrión no guarda relación con las de Wells, Huxley u Orwell. Sus conexiones se establecen en lo que llama la narrativa del rescate, la "de las novelas y películas que resucitan de su muerte ficcional o los exterminados de la ficción universal". Buen lector (y telespectador y cibernauta), Carrión sabe que toda obra nace en un mundo poblado de obras de cuya existencia se alimenta y a las que prolonga y modifica. El ciberespacio abre posibilidades infinitas de adaptación de lo reciclable en todos los campos de la narrativa y lo audiovisual. Los muertos puede ser vista como un videojuego o leída como un complejo y articulado objeto literario. Inútil decir que, sin descartar la primera opción, me inclino a la segunda por razones de educación y de edad.

 http://www.elpais.com/articulo/portada/Utopia/cibernetica/elpepuculbab/20100313elpbabpor_9/Tes

------------------Se puede leer el primer capítulo en El País.

http://www.elpais.com/elpaismedia/babelia/media/201003/13/portada/20100313elpbabpor_2_Pes_PDF.pdf