Blogia
ebora

Tabaco

—No lo entiendo —dijo Hans Castorp—. No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Sin duda es privarse de una buena parte de la existencia y, en todo caso, de un placer sublime. Cuando despierto, me alegro de pensar que podré fumar durante el día, y cuando como, tengo el mismo pensamiento. Sí, en cierto modo, podría decirse que como para poder luego fumar y creo que no exagero mucho. Un día sin tabaco sería para mí el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío e insípido, y si por la mañana tuviese que decirme «Hoy no podré fumar», creo que no tendría valor para levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un cigarro que arde bien (quiero decir que no ha de haber ningún agujero), uno se halla al abrigo de todo, no puede ocurrirle nada desagradable, así de simple, nada desagradable. Es como tumbarse a la orilla del mar: se está tendido, ¿no es verdad?, no hay necesidad de nada, ni de trabajo ni distracciones... ¡Gracias a Dios, se fuma en todo el mundo! Este placer no es desconocido en ninguna parte, en ninguno de los sitios a los que uno puede ser lanzado por los azares de la vida. Incluso los exploradores que parten hacia el Polo Norte se aprovisionan de tabaco para afrontar sus peripecias, y ese gesto siempre me ha parecido muy simpático. Puede ocurrir que las cosas vayan mal (supongamos, por ejemplo, que me hallo es un estado lamentable); pues bien, mientras tenga mi cigarro sé que podré soportarlo todo, que me ayudará a vencer las adversidades.
THOMAS MANN nullLa montaña mágica p.75

0 comentarios