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Fragmentos ajenos

Deseos. Juan José Millás

Deseos. Juan José Millás

Todos los sueños se cumplen. Quizá no en quien los ha soñado, pero sí en otros. No hay un solo sueño por cumplir. ¿Que quisiste escribir una obra maestra? La historia de la literatura está llena de obras maestras. ¿Que habrías dado la mano derecha por ser un gran pintor? La historia del arte está llena de genios. ¿Que un gran arquitecto? Ahí tienes a Foster, a Calatrava, a Zumthor. ¿Que hubieras preferido ser famoso a secas, sin demostrar ningún mérito? Enciende la tele y la verás llena de gente que alcanzó tu sueño, que quizá no era el suyo. Muchas personas han destacado en esto o lo otro por casualidad, sin habérselo propuesto. No estaba en mi horizonte, dicen, jamás pensé que me convertiría en actor o en neurocirujano o en cómico o en obispo. Sin duda, fueron sueños de otros que se cumplieron en ellos.

También los deseos malos se cumplen. Si has imaginado disponer de un sótano secreto, con una presa a la que violabas a discreción, ahí tienes al monstruo de Amstteten. Si has fantaseado con la posibilidad de bombardear una población civil y enviar luego ambulancias a recoger los restos, ahí tienes a Bush. Si en sueños te has visto provocando una catástrofe económica de carácter planetario, ahí tienes a Madoff. ¿Que todos estos deseos que nacieron en ti no se han cumplido en ti? De acuerdo, pero seguro que tú has realizado algún sueño que pertenecía a otro. Quizá aprobaste a la primera las oposiciones a juez o a notario. Tal vez te tocó la lotería sin que nunca hubieras pensado en esa contingencia. Es posible que el ascenso a director general, que ni se te había pasado por la cabeza, se fraguara en la imaginación de un compañero que lo deseaba de verdad. La mayoría de las ambiciones no se cumplen en quien las alimenta. Cada cuerpo, sin embargo, es dueño de su digestión y de su hambre y de su dolor. ¿Por qué?

EL PAIS, 01-V-2009

Diario

         DIARIO

Me pregunto si alguna vez, en la conquista por la igualdad entre hombres y mujeres, se equipararán los calzoncillos a las bragas. Mi marido y mi hijo usan calzoncillos de las mejores marcas, Pese a ello, no logran alcanzar la sutileza de mis bragas, que sin embargo no son caras. Resultan más nobles unas bragas baratas que unos calzoncillos caros, no logro comprender por qué.  Las dos prendas tienen idéntica estructura, y ambas se utilizan de modo semejante.  Sin embargo, parecen provenir de dimensiones diferentes. Le he comentado estas impresiones a una vecina feminista que me ha mirado mal, por lo que no me he atrevido a decirle que la lucha por la igualdad tendría que tener en cuenta estas diferencias, no para que las bragas se acerquen a los calzoncillos, sino para que los calzoncillos se aproximen a las bragas.

Algunos días, al quedarme sola, me pongo unos calzoncillos de mi marido y cuanto más me miro más horrible me veo. Antes metía todo junto en la lavadora, pero ahora hago dos lotes, porque me parece que es como mezclar poesía y prosa, seda y terga, mostaza y miel.  Las bragas son más frágiles en el mejor de los sentidos del término, es decir, que tienen más sensibilidad, incluso las que están hechas de materiales sintéticos. Es como si las bragas hubieran estudiado humanidades, mientras que los calzoncillos solo hubieran hecho el bachillerato laboral. Y no es que tenga nada contra los oficios. Lo diré de otro modo: los calzoncillos dan la impresiión de no leer más que la prensa deportiva, mientras que las bragas parece que leen novelas todo el rato.

El caso es que al final de una jornada ves unas bragas y unos calzoncillos tirados en el suelo,  y no tienen nada que ver, aunque las bragas hayan trabajado más horas que los calzoncillos. No sé por qué se dice "estoy hecha una braga" para expresar agotamiento, porque las bragas jamás pierden la dignidad del encaje, incluso cuando no llevan encaje. H e escrito a un programa de radio relatando estas dudas, pero debe de parecerles mal hablar de ropa interior, pues todavía no han mencionado el asunto.

En el fondo, yo creo que les da lo mismo esa igualdad de la que tanto hablan.

                                      Juan José Millás (artículo de prensa)

"Escatológico" de Vicente Luis Mora

sábado 9 de junio de 2007

Escatológica



[Este texto es la presentación del libro Poemas de culo, de Raúl Pérez Cobo, recién publicado en e.d.a. libros; como no pude asistir por un viaje de trabajo, fue leído amablemente por Mario Cuenca]




El Suplemento Literario del Times era excelente a tal efecto, de una solidez e impermeabilidad a toda prueba. Ni los pedos lo rompían. Samuel Beckett, Molloy en los ojos de la cara suele haber por mil leves accidentes, telillas, cataratas, nubes y otros muchos males; mas en el del culo nunca hubo nubes, que siempre está raso y sereno F. de Quevedo, Gracias y desgracias del ojo del culo

El añorado Vicente Núñez nos legó que “La poesía es delito”. Deleuze dijo que escribir es algo sucio; Gerald Manley Hopkins tuvo que dejarlo porque lo consideraba incompatible con el sacerdocio; Paz en Los hijos del limo le completó al exponer que “el saber del poeta es un saber prohibido y su sacerdocio es un sacrilegio”. Pablo García Casado ha escrito sobre "eyacular el poema"; Alexis Díaz-Pimienta tiene una pieza, "Poeta en el aeropuerto", donde también compara la escritura con la eyaculación. Sus últimos versos dicen: "la diferencia está en que el hombre solo / no se lava después de la última palabra". Leopoldo María Panero ha declarado en algún sitio sentirse "cagando poemas", y José Ángel Valente escribió: "Implacable desprecio por el arte / de la poesía como vómito inane" (El inocente). Gil de Biedma decía que "El juego de hacer versos / (...) es algo / parecido en principio / al placer solitario". Monterroso tiene esto en algún sitio: "Escribir es un acto pecaminoso. Al principio, contra los grandes modelos, en seguida contra nuestros padres, y pronto, indefectiblemente, contra las autoridades". En fin, que comienzo a pensar que esto de escribir es algo bastante indecente.

Y sin embargo, como sentencia Juan Villoro en El disparo de Argón (1991), “la mierda tiene proporciones alarmantemente humanas”. El psicoanálisis se ha acercado a la relación entre lo fecal y la conformación psicológica, bastará con recordar la consideración de la defecación como oro en Freud, o la fase anal en la construcción de la psique del niño definida por Jacques Lacan; igualmente tiene un nutrido registro en psicobiografía literaria[1]. En lo tocante a la literatura también la relación con lo excrementicio es un tema universal: Hodgart, en La sátira, recuerda la “obsesión cloacal” de Swift que, a su vez, sólo seguía “una antigua tradición”[2], la cual pasa por los condenados a nadar en un mar de mierda por Dante en su Divina comedia y llega vía Satiricón y los poemas chaperos de Catulo hasta la creación del mundo a base de ventosidades en Las nubes de Aristófanes[3]. Sin embargo, es nuestro Siglo de Oro (período literario que, a juzgar por sus citas de apertura y por su blog de significativo nombre, Inculatorias[4], Pérez Cobo conoce bien) un período especialmente rico en literatura de contenido escatológico, sobre todo en dos de nuestros principales poetas, Quevedo y Góngora[5]. Ignacio Arellano critica que en su edición de las prosas del primero, Fernández Guerra eliminase “Gracias y desgracias del ojo del culo”, porque “no se trata de una ‘degradación de lo cómico’ como afirma Sánchez; es precisamente un tipo de comicidad especial, basada en la turpitudo et deformitas que aparece en todos los tratadistas áureos como la forma más eminente de lo risible”[6]. En efecto, lo que se busca en algunos poemas de Quevedo no es el sonrojo del lector, sino el del retratado en el poema, como en este soneto, de mucho parecido a algunos poemas de Pérez Cobo:
Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves tu sol rojo
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.

Tendrá legañas necesariamente
la pestaña erizada como abrojo,
y guiñará con lo amarillo y flojo
todas las veces que a pujar se siente.

¿Tendrá mejor metal de voz su pedo
que el de la mal vestida mallorquina?
Ni lo quiero probar ni lo concedo.

Su mierda es mierda y su orina, orina,
sólo que ésta es verdad y esotra enredo,
y estánme encareciendo la letrina.[7]

En el caso de Góngora, lo pestilente para algunos era la innovación y osadía de sus novedades técnicas; Juan de Jáuregui, en su impagable Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, escribía: “así, las más de las veces dejan a V.m. por señor de el campo, viéndole empuñar un soneto merdoso y otro pedorro. Y al menorete un monóculo o un cagalarache” [8]. Ni Jáuregui ni muchos otros, de su tiempo o posteriores, supieron ver el intento de elevación del cuerpo que hay en ciertas inmersiones escatológicas. Bajtin, más talentoso, sí las vio; en su ensayo sobre Rabelais, escribe: “el cuerpo no revela su esencia, como principio que crece y traspasa sus límites, sino en actos como el acoplamiento, el embarazo, el parto, la agonía, el comer, el beber, la satisfacción de las necesidades naturales”[9]. Un ejemplo: en el famoso poema de Góngora sobre el río Esgueva, al que retrata como cloaca, por la cantidad de mierdas que arrastraba, el objetivo de Góngora no es insultar al río, sino insinuar “que la misma corte vallisoletana, por su contacto cotidiano con el río convertido en albañal, sufría una contaminación que no perdonaba a ninguna faceta de la vida cortesana”[10], con lo que vemos que el uso de la torpeza en la poesía del siglo de Oro suele responder siempre a un intento de sublimación simbólica, un ataque por arriba disfrazado de una andanada por debajo… o por detrás; no faltan alusiones a la trasera y a las partes menos nobles en la obra satírica gongorina, no pocas veces de la misma altura y complejidad formal que la más seria.

Eduardo Lago, en su novela Llámame Brooklyn, dice que la poesía hay que buscarla “en la inmundicia, manchándote el alma. Sólo así encontrarás lo que estás buscando. Sangre, mierda y semen, no lo olvides (…) Lo que cuenta es poder rozar la eternidad, aunque sólo sea un instante. Que nos quemen. A Dios le da exactamente igual”[11]. En ese espacio de abandono teológico[12] y derrelicto constructivo la poesía desde la modernidad viene buscando su inspiración[13], y no pocas veces a través de la transgresión fecal, desde Lautréamont a Bataille[14]. Precisamente abordando la obra de Bataille, escribe Foucault: “la transgresión es un gesto que concierne al límite; es ahí donde, en la delgadez de esa línea, se manifiesta el resplandor de su paso, y tal vez también su trayectoria en su totalidad, su origen mismo (…) La transgresión se abre a un mundo brillante y siempre afirmado, un mundo sin sombra”[15], y con razón apunta a una filosofía del límite, en cuyo borde lo escatológico, como poética habitual de lo trasgresor, está siempre caminando. No es casual que otro agudo lector de Bataille, el peruano Vargas Llosa, haya escrito que para que “para que esta sublimación [del sexo al erotismo] ocurra, es imprescindible, como lo explicó George Bataille, que se preserve ciertos tabúes y reglas que encaucen y frenen el sexo, de modo que el amor físico pueda ser vivido -gozado- como una trasgresión”[16]
. En una cabal antología de la filosofía literaria del límite encontraríamos a Bataille, pero también a Sade, a Rabelais, a Pietro Aretino, a Sacher-Masoch, a Céline, a Lautréamont, a Joyce, al Apollinaire de Las once mil vergas, a Henry Miller, a Anaïs Nin, a Burroughs, a J. G. Ballard, a Camilo José Cela, a Julián Ríos, a Juan Francisco Ferré, a Manuel Vilas y, en general, a todos los psicopatólogos de la transgresión literaria que podríamos agrupar, usando un concepto de Auden, como los “Señores del límite”. El objetivo último de esta filosofía literaria del límite es la que contiene el maravilloso párrafo final de El erotismo de Bataille:El lenguaje no se da independientemente del juego del interdicto y de la transgresión. Es por lo que la filosofía, para resolver, de ser posible, el conjunto de los problemas, debe retomarlos a partir de un análisis histórico, del interdicto y de la transgresión. Es impugnando, a partir de la crítica de los orígenes, como la filosofía, transgrediendo la filosofía, accede a la cumbre del ser. La cumbre del ser no se revela por entero más que en el movimiento de trasgresión en el que el pensamiento fundamentado, por el trabajo, en el desarrollo de la conciencia, supera al fin al trabajo, sabiendo que no puede subordinarse a él.[17]
En nuestra poesía reciente, hay algunos poetas cuyo tratamiento del tema daría para algún artículo; Pérez Estrada tiene este curioso poema en Diario de un tiempo difícil:
También había un poeta
al que habían de practicarle la cesárea,
era preciso extraerle un pedo inconmensurable,
un pedo que venía en mala postura.
Era preciso actual con diligencia,
con prisa,
con toda la prisa del mundo,
antes de que el gran pedo se malograra.
Ya un encuadernador de urgencia esperaba al pedo.
Ya un bibliófilo esperaba a aquel pedo,
no a otro.
De la misma manera, podemos encontrar los versos coprofágicos de Gimferrer en Mascarada (Edicions 62, 1996), el poema a un moco de Sarrión en Cordura (1999) y los poemas culifágicos y coprofílicos habituales en la obra de Leopoldo María Panero, todo él un ejercicio de transgresión permanente. Tras el boom escatológico novísimo, llegó la políticamente ultracorrecta normalidad, de extraña moral izquierdista y conservadora a un tiempo, pero parece que en estos últimos tiempos se detecta una vuelta a un cierto tono exasperado y turbio en la poesía española. Amén del ya clásico recitativo Leche de camello de Eladio Orta, podemos destacar algún poema de Enrique Cabezón[18], le hemos leído a Chantal Maillard en Hilos: “Las heces: lo más cálido de mí”[19], y encontramos estos versos en Diego Medrano: “Caga el culo y caga el hombre / pero la mierda no caga (…) La mierda no caga, estamos seguros, / pero sabe por lo menos sabe / lo que otros ignoramos: / de dónde sale y adónde va / de donde viene y quién es”[20]. Pero seguramente se lleva la palma el libro que hoy presentamos, Poemas de culo, de Raúl Pérez Cobo, publicado por Ediciones de Aquí.

Escribe con mucha razón en su blog Pérez Cobo: “Si la mitología puede volver a escribirse desde nuestro siglo, he aquí una muestra. La ironía, la sátira, hacen posible la nueva escritura de viejos modelos. Es la eterna paradoja: ya no es posible la imitación, practica leal de los antiguos y nada deshonrosa, pues para nosotros seria poco mas que un pastiche, la falta de voz, una copia -que aun es menor que un plagio, puesto que una copia tiene un significado mas prosaico, menos hermoso, mas vulgar, sin el arte de la elegancia del plagio, de la belleza, quedándose en mera reproducción-. Pero una nueva lectura del mito posibilita una nueva escritura: le da vida, lo hace actual.” Los códigos lingüísticos del Siglo de Oro, durante un corto espacio de tiempo, permitían ciertas alegrías satíricas configuradas como código de escape o desgaste de modelos no literarios, pero sí psicológicos, despreciables. Reírse indigna(da)mente de un miserable no contaminaba al poeta con la porquería expulsada, sino que suponía volcar de un modo retórico la agresividad moral de la época, atacar a lo peor con lo peor. El resultado nos sigue sorprendiendo hoy por su dureza unas veces, por el ingenio otras, en cualquier caso por ser capaz de unir lo más humano con lo más divino, como la misma palabra escatología, que igualmente designa el católico “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”, y el más procaz “Tratado de cosas excrementicias”, según nuestro imparcial DRAE. Justo en ese límite, en el de no decidirse entre ambas lides, entre la función humana y fisiológica del culo y otros posibles tratamientos, semánticos o sexuales, entre la condición de fin cabal del cuerpo y principio aleve del atrevimiento, es donde los giros retóricos sobre el trasero y su codificación poética alcanza mayor riqueza. Sabedor de ello, Raúl Pérez Cobo insiste e incide en la condición de lo cular como finis terrae mundi de lo lírico, y como principio metafísico de alcance, puesto que a él con esa trascendencia, la del espíritu de la ventosidad después de lo digestivo, según se lee en su blog, le basta. El poemario de Pérez Cobo tiene la habilidad de hacernos ver la obviedad de que lo alimentario, lo nutricio de nuestra vida, acaba en el culo; del mismo modo, y para según qué o quiénes, puede también empezar por ahí. Pérez Cobo escribe que “la vida es un proceso escatológico”, vindica el culo-en-sí e intenta recuperarlo como parte del ser humano: “el culo comprendiendo ser persona”, se lee por algún lado. Esta ontología anal, que vindica el culo como ente, como objeto de reflexión filosófica exenta, tiene pocos parangones en una poesía preocupada ocasionalmente por la basura o por la mierda (esto es, por el producto), pero rara vez distraída en el productor, en el ser causante. Pérez Cobo recupera el mito áureo (en los dos sentidos, el de Freud y el de nuestra Filología) de lo torpe, reproduciendo incluso sus códigos estróficos y métricos, sus sonetos y silvas, para darle vida de nuevo al tema que sigue siendo, pasados los siglos y siendo tan modernos como somos, aún bastante prohibidos. Durante toda esta semana, no se imaginan la cantidad de personas que me han llamado o escrito mails diciéndome: “Vicente, ¿qué es eso del culo que presentas el viernes?”. Supongo que a estas alturas Mario Cuenca, que es quien lee esto en voz alta, ya les habrá dicho que no he podido acudir por trabajo, pero no por vergüenza, seguramente porque no me queda ninguna. Pero decir “culo” en voz alta es aún en ciertos círculos como decir “caca, pedo, culo, pis”, y sigue estando mal visto, sigue estando fuera de las normas de buen gusto (salvo del gusto gay, supongo) y sigue estando prohibido. De modo que este libro de Pérez Cobo y su denuncia de la hipocresía física y moral, a pesar de su deliberado y muy consciente anacronismo, sigue estando vigente en la sociedad globalizada y casi posmoral del siglo XXI. Increíble pero cierto.

Eliot dijo en The Hollow Men que el mundo no terminaba con una explosión, sino con un gemido. Pérez Cobo tiene muy claro a qué tipo de gemido lastimero no termina de referirse Eliot, el mismo gemido con el que terminaba la película de Berlanga Todos a la cárcel (1993): “el mundo es un agujero, / y se extingue” (p. 56), sentencia el poeta. Así culminará, al menos desde el punto de vista físico, toda forma de vida: con una ventosidad del Universo. Desde esa gravedad corporal escribe Pérez Cobo, que desde un magnífico humor traba los temas solemnes: “humores negros forman cacas serias”, dice en persecución de Descartes, con un estilo muy personal que el lector recibe confundido: sabe que el autor está hablando, a la vez, de cosas muy altas y muy bajas, por esa dualidad esencial de lo escatológico a la que antes hacía referencia. De modo que estamos ante un libro que dará contento a todos (aquí se me ocurre un chiste, que prefiero callar), ya que tanto los metafísicos como los físicos a solas encontrarán en Poemas de culo sus diversos placeres, puestos al lado o encima los unos de los otros. Y esas mentes que puedan, como la del autor y la mía, ser capaz de aprehender ambos discursos al mismo tiempo disfrutarán, pues, el doble, “pues hay quien se define como par, / -allí donde se juntan mis mitades-” (p. 50). Sí, es cierto. “Los poetas son la mierda del barrio”, como escribía el vate cubano Alexis Díaz-Pimienta[21]. Sólo espero que esta mierda de presentación, al menos, les haya entretenido. Les dejo con Raúl Pérez Cobo.

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Notas.
[1] Maurice Molho, en Semántica y poética (Crítica, Barcelona, 1977), encuentra en cierta literatura picaresca la relación “con fantasías ligadas a la fase anal de la formación del individuo” (p. 116). Janine Chasseguet-Smirgel advierte contra el peligro de extremar sus posibilidades en “A propósito de El año pasado en Marienbad: para una metodología de la aproximación psicoanalítica a la obra de arte”, en VVAA, Psicoanálisis y crítica literaria, Akal, Madrid, 1981, p. 124.
[2] M. Hodgart, La sátira; Guadarrama, Madrid, 1969, p. 27.
[3] Es curioso ver http://elrincondelalfarero.blogspot.com/2007/01/aproximacin-la-literatura-_116903621843278039.html.
[4] http://www.raulperezcobo.blogspot.com.
[5] Y sin embargo, falta por escribir, como se ha dicho en algún lugar, una monografía completa y compleja sobre este asunto, común en nuestro Siglo de Oro; según Joaquín Roses, en términos no reducibles sólo a Góngora, “el objetivo central de ese último encuentro era llamar la atención sobre una faceta esencial de la poesía de Góngora que, por extraño que parezca, sigue carente de una atención más detenida y estudios más profundos”; Joaquín Roses, “Góngora prohibido”, en Joaquín Roses (ed.), Góngora Hoy VIII. Góngora y lo prohibido: erotismo y escatología; Diputación de Córdoba, Colección de Estudios Gongorinos, Córdoba, 2006, p. 13.
[6] I. Arellano Ayuso, Poesía satírico burlesca de Quevedo. Estudio y anotación filológica de los sonetos; Universidad de Navarra / Iberoamericana / Vervuert, Madrid, 2003, p. 73.
[7] Edición de I. Arellano Ayuso, op. cit., pp. 566-567.
[8] Véase la edición de José Manuel Rico García para la Universidad de Sevilla en 2002. El término “cagalarache” aparece en el poema jocoso de Góngora a la toma de Larache.
[9] M. Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento; Alianza, Madrid, 1995, p. 38.
[10] Mercedes Blanco, “Góngora o la libertad del ingenio”, en Joaquín Roses (ed.), Góngora Hoy VIII. Góngora y lo prohibido: erotismo y escatología; op. cit., p. 34.
[11] E. Lago, Llámame Brooklyn; Destino, Barcelona, 2006, p. 310.
[12] Juan Goytisolo, en “Quevedo: la obsesión excremental”, Disidencias; Seix Barral, Barcelona, 1977, sitúa el discurso escatológico del autor del Buscón en la trama espiritual y sociológica de su época, como un odio al cuerpo consecuencia de la situación religiosa.
[13] Véase Claudio Guillén, “La expresión total: literatura y obscenidad”, Múltiples moradas; Tusquets, Barcelona, 1998, pp. 235ss; Julián Jiménez Heffernan, “Derelictos: materiales para una poética”, epílogo a la antología de César Antonio Molina, El rumor del tiempo, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, p. 303ss; y del propio C. A. Molina, confróntese Regresar a donde no estuvimos, Península, Barcelona, 2003, p. 301.
[14] En los Cantos de Maldoror, aparece la transgresión extrema en aquel momento: la defecación en la cara de Dios.
[15] Michel Foucault, “Prefacio a la transgresión”, Obras esenciales, I. Entre filosofía y literatura; Paidós, Barcelona, 1999, pp. 167-169.
[16] M. Vargas Llosa, “El sexo frío”, Piedra de Toque, Caretas nº 1.506, 05/03/1998. Véase también el prólogo de Vargas Llosa a la edición de 1978 de Tusquets de Historia del ojo de Bataille, una novela cuyo tema esencial es la escatología como mística no trascendente.
[17] G. Bataille, El erotismo; Tusquets, Barcelona, 1985, 4ª ed., p. 378.
[18] E. Cabezón, Dios cabalga a lomos de las muchachas; El Árbol Espiral, Béjar, 2005.
[19] C. Maillard, Hilos; Tusquets, Barcelona, 2007, p. 95.
[20] D. Medrano, “La mierda no caga”, El viento muerde; La Garúa, Santa Coloma de Gramenet, 2007, p. 131.
[21] Alexis, Díaz-Pimienta, Yo también pude ser Jacques Daguerre, Pre-Textos, Valencia, 2001. p. 77.
 


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Pasavento IV

 

  Me gusta escribir por el mero hecho de escribir. Al igual que Walser, desconfío de que pueda comunicarse la angustia, encuentro a veces insuficientes y superficiales las palabras, aunque quizás sirvan precisamente para ocultar la angustia. Me gusta escribir por escribir, del mismo modo que hay viajeros que no viajan en busca de países remotos y de alicientes externos sino por el placer intrínseco del viaje.

  De hecho, esta forma de escribir recuerda el método del láiz, ese método que Walser aplicó a los 526 microgramas que de él se conservan y que siguen descifrando, en sus talleres suizos, Bernard Echte y Werner Morlang. Existe hoy en día la hipótesis de que era el tipo de papel y su formanto lo que condicionaba lo que Walser escribía a lápiz en sus microgramas, es decir, lo que originaba en él su proceso de escritura y a veces también lo terminaba, porque en muchos microgramas el texto o parloteo (elástico, como siempre en Walser)n terminaba sin más problema que cuando se le acababa el papel. Según Werner Morlang, esa afinidad (generadora de inspiración9n entre los materiales y el trazo del lápiz debía constituir Para Walser uno de los encantos mayores de su método.

 

        Doctor Pasavento pág. 259

 

Pasavento III

 

  A decir verdad , yo era alguien que empezaba  ya a estar cansado de tantos gestos repetidos a diario. Me vino a la memoria una breve carta que había leído en cierta ocasión, una carta de despedida de un paciente que había tenido en el hospital de Manhattan y que se había ahorcado dejando una breve nota al mundo: "Tanta abrochar y desabrochar".

  Cada día me deprimían más las repeticiones y todo comenzaba a parecerme insoportable. Levantarse, vestirse, comer, escribir, defecar, desvestirse, acostarse. Todo me lo sabía ya de memoria, hasta la locura. ¿Cuántas veces, por ejemplo, había visto llover en mi vida? Escribí mentalmente un poema que hablaba de mis ansias grandes de realizar una excursión al fin de la noche, un deseo total de viajar sin retorno. Cuando terminé el poema, vi que llovía con más fuerza que antes, y ya no se veían las calles, el exterior había quedado completamente borrado. Se podía ya perfectamente viajar hacia el fin de la noche.

                           Doctor Pasavento  pág. 157

Pasavento II

 

 Durante años fui fiel a las "regiones inferiores" y me moví con calculada perfección hacia el país de los Ceros a la Izquierda. Fui pues, durante mucho tiempo, aun antes de saber que lo era, fiel a mi futuro héroe moral Robert Walser, que había escrito: "Si alguna vez una mano, una oportunidad, una ola, me levantase, y me llevase hacia lo alto, allí donde impera el poder y el prestigio, haría pedazos a las circunstancias que me hubieran llevado hasta allí y me arrojaría yo mismo hacia abajo, hacia las ínfimas e insignificantes tienieblas. Solo en las regiones inferiores consigo respirar".

  Fui fiel a Walser antes incluso de saber que él existía.

 

                                                        Doctor Pasavento pág.123

Elogio de la lectura de Alberto Manguel

EL PLACER DE LEER

 

REPORTAJE

 

Elogio de la lectura  

 

¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras? Éste es un paseo por la historia de los libros y por las obras de algunos de esos grandes hechiceros responsables del paraíso de la lectura. Memoria, intimidad, imaginación, sentimientos, inteligencia, aventura y descubrimiento son algunas de las palabras que reivindican el estatus de un placer que nos hace más humanos.

 

Alberto Manguel

 

BABELIA - 22-04-2006

 

 

Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según afirma el gran orador Tulio".

 

Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho".

 

El Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como depósito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de enseñanza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones más sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensañado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos -es decir, libros que no les gustaban-. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.

 

Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?

 

Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los lectores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La metamorfosis de Kafka vale unos seis mil euros. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.

 

El lema de todo verdadero lec

 

tor es De gustibus non est disputandum. "De gustos no se discute", o, como se dice en castellano, "sobre gustos no hay nada escrito". El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

 

El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.

 

Para ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, "muy respetuosos de la lectura" que "hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente". Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir "así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?", lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, "no, gracias", con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.

 

Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: "Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo". Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, de la autobiografía de Henry Green, de Contra la corriente de James Hanley, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje.

 

Intimidad solitaria y comparti-

 

da. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado "terrorismo intelectual". Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. "El arte alcanza una meta que no es la suya" escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura.

 

El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.

 

Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Suramérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr. Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastreta. O ante este verso del poeta mexicano Díaz Mirón: "Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo". Tales abominaciones tienen la marca de un genio.

 

Tom Stoppard escribió que pa-

 

ra saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de la novela de Ana María Moix Las virtudes peligrosas: "La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabiduría

 

... La experiencia, créame, amigo, no es más que una forma de nostalgia".

 

Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau -Étonnez-moi! "¡sorpréndame!"- es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso -descubrir que alguien toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea La violetera en la ducha- pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. "Cuando diseño un jardín", dice un personaje de Thomas Love Peacock, "distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado". "¿Ah sí? Entonces dígame", responde su interlocutor, "¿qué nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?".

 

Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos "actos ocurridos hace mucho tiempo" sino también "los actos recientes de nuestros días". No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.

 

Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Nicolà Chiaromonte en otra página que me define) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.

 

El placer ha sido denigrado en

 

nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.

 


 

Doctor Pasavento I

 

                          ¡Ay, la rue Vaneau! No sé si todo el mundo sabe que cuando uno se queda solo durante mucho tiempo, donde para los demás no hay nada se descubren cada vez más cosas por todas  partes.

                                          pág. 27 Doctor Pasavento de E. Vila-Matas