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Tratado de culinaria

Sana costumbre es hacerlo a diario

Sana costumbre es hacerlo a diario y a la misma hora. Estés donde estés, al menos seis minutos (y no más de cuarenta, que el exceso lleva a las almorranas), sentada o acurrucada, pero en paz. Con un buen libro o un buen pensamiento. No hay fór­mula más sabia para que seas visitada por el buen humor que los antiguos ubicaban, con razón, entre el estómago y los intestinos. Si algo sale mal, ten en cuenta lo que comiste dieciséis horas antes, y suprí­melo. Si en cambio no padeces, ten en cuenta lo mismo, y coge ese alimento por costumbre.

Héctor Abad Faciolince "Tratado de culinaria para mujeres tristes"

Si algún día te enfermas de palabras

 

Si algún día te enfermas de palabras, como a todos nos pasa, y estás harta de oírlas, de decir­las. Si cualquiera que eliges te parece gastada, sin brillo, minusválida. Si sientes náusea cuando oyes "horrible" o "divino" para cualquier asunto, no te acaras, por supuesto, con una sopa de letras.

Has de hacer lo siguiente: cocinarás al dente un plato de espaguetis que vas a aderezar con el guiso más simple: ajo, aceite y ají. Sobre la pasta ya revuelta con la mezcla anterior, rallarás un estrato de queso parmesano. Al lado derecho del plato hondo colmo de espagurtis con lo dicho, pondrás un libro abierto. Al lado izquierdo, pondrás un libro abierto. Al frente un vaso lleno de vino tinto seco. Cualquier otra compa­ña no es recomendable. Pasarás al azar las páginas de uno y otro libro, pero ambos han de ser de poesía. Solo los buenos poetas nos curan la llenura de pala­bras. Sólo la comida simple y esencial nos cura los hartazgos de la gula..

Héctor Abad Faciolince "Tratado de culinaria para mujeres tristes"                                    

Haces volteretas con el cuerpo y la imaginación

Haces volterestas con el cuerpo y la imaginación para evadir la tristeza. ¿Pero quién te ha dicho que se prohíbe estar triste? En reali­dad, muchas veces, no hay nada más sensato que estar tristes; a diario pasan cosas, a los otros, a nosotros, que no tienen remedio, o mejor dicho, que tienen ese único y antiguo remedio de sentirnos tristes.No dejes que te receten alegría, como quien ordena una temporada de antibióticos o cucharadas de agua de mar a estómago vacío. Si dejas que te tra­cen tu tristeza como una perversión, o en el mejor de los casos como una enfermedad, estás perdida: ade­más de estar triste te sentirás culpable. Y no tienes la culpa de estar triste. ¿No es normal sentir dolor cuando te cortas? ¿No arde la piel si te dan un lati­gazo?Pues así mismo el mundo, la vaga sucesión de los hechos que acontecen (o de los que no pasan) crean un fondo de melancolía. Ya lo decía el poeta Leopardi: "como el aire llena los espacios entre los objetos, así la melancolía llena los intervalos entre un gozo y otro".Vive tu tristeza, pálpala, deshójala en tus ojos, mójala con lágrimas, envuélvela en gritos o en silencio, cópiala en cuadernos, apúntala en tu cuer­po, apuntálala en los poros de tu piel. Pues sólo si note defiendes huirá, a ratos, a otro sitio que no sea el centro de tu dolor íntimo.Y para degustar tu tristeza he de recomendar­te también un plato melancólico: coliflor en nieblas. Se trata de cocer esa flor blanca y triste y consistente, en vapor de agua. Despacio, con ese olor que tiene el mismo aliento que desprende la boca en los lamentos, se va cociendo hasta ablandarse. Y envuelta en niebla, en su vapor humeante, ponle aceite de oliva y ajo y algo de pimienta, y sálala con lágrimas que sean tuyas. Y paladéala despacio, mordiéndola del tenedor, y llora más y llora todavía, que al final esa flor se irá chupando tu melancolía sin dejarte seca, sin dejarte tranquila, sin robarte lo único tuyo en ese momento, lo único que nadie podrá ya quitarte, tu tristeza, pero con la sensación de haber compartido con esa flor inmarchitable, con esa flor absurda, prehistórica, con . esa flor que los novios jamás piden en las floristerías, con esa flor de col que nadie pone en los floreros, con esa anomalía, con esa tristeza florecida, tu misma tristeza de coliflor, de planta triste y melancólica. Héctor Abad Faciolince "Tratado de culinaria para mujeres tristes"

El peso de los años

El peso de los años, como una piedra antigua, un día caerá del insondable tiempo hasta tus pies. Siéntate si estás echada; levántate si estás sentada y corre a un arroyo de aguas (si las encuentras) puras y transparentes. Inclínate y bebe en la cuenca de tu mano hasta sentir, irrefrenable, la invertida sed del vómito. No manches el arroyo, enjuágate la cara sin ensuciar su cauce. Regresa a tu casa y ayuna hasta el alba siguiente. Guarda toda la orina de la noche y muy temprano riega, con ella, la mata de albahaca. Sin recobrar  la juventud, serás más joven.

Héctor Abad Faciolince "Tratado de culinaria para mujeres tristes"

En las tardes de lluvia

En las tardes de lluvia menuda y persistente, si el amado está lejos y agobia el peso invisible de su ausencia, cortarás de tu huerto veintiocho hojas nuevas de hierba toronjil y las pondrás al fuego en un litro de agua para hacer infusión. En cuanto hierva el agua deja que el vapor moje las yemas de tus dedos y gírala tres veces con cuchara de palo. Bájala del fuego y deja que repose dos minutos. No le pongas azúcar, bébela sorbo a sorbo de espaldas a la tarde en una taza blanca. Si al promediar el litro no notas cierto alivio detrás del esternón, caliéntala de nuevo y échale dos cucharadas de panela rallada. Si al  terminar la tarde el agobio persiste, puedes estar segura de que él no volverá. O volverá otra tarde y muy cambiado ya.

Héctor Abad Faciolince  "Tratado de culinaria para mujeres tristes"

Sopa de lo que hay

 

                 SOPA DE LO QUE HAY  (Julián Hernández)

Ignacio Gasea —donostiarra (q.e.p.d), más conocido co­mo Poch y cantante de Derribos Arias— tenía un menú impagable. Cuando la noche entraba en la hambruna más insoportable y todos los caraduras que se plantaban en su piso compartido de Madrid necesitaban sustento, el asalto a la despensa era inevitable. En ese momento, lo único comestible, lo único cocinable, era una sopa. ¿Qué clase de sopa? "¡Pues sopa de lo que hay!", decía Ignacio. Acto seguido procedía a calentar agua en un puchero. Cuando el líquido estaba hirviendo empezaban las dudas. "¿Y aho­ra qué le echamos?", preguntaba el más hambriento. En la despensa había fideos, así que nuestro chef los sacaba de su envoltorio y los arrojaba a la cacerola. "Seguro que falta sal", decía alguien. Cuando aparecía el salero, el maestro sopero y sus pinches no lo dudaban y lo arrojaban entero al mejunje en ciernes. "¿Y qué más tenemos?", seguía preguntando el más hambriento. Ni corto ni perezoso, el primero que pasaba por allí arrojaba un paquete de Duca­dos arrugado y a medio terminar; el segundo desenroscaba la bombilla de la lámpara del pasillo y hacía lo propio; el tercero, danzando como un chamán, introducía un meche­ro y un patito de goma que flotaba sobre la pócima salvaje. La lejía no tardaba en llegar, las pinzas de madera acompa­ñaban al patito en su travesía y un single de vinilo de Alaska y los Pegamoides servía para remover la poción mágica que jamás reviviría al coro de desahuciados que aullaban al son de la Velvet Underground por aquella casa. El Max's Kansas City jamás vio tal cosa.

El País (edición Galicia) 22 de febrero de 2007

Tratado de culinaria para mujeres triste

RECETAS LITERARIAS

Tratado de culinaria para mujeres tristes

Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia 1958)

Ed. Alfaguara 1997, Santafé de Bogotá (Colombia)