A la novela del ruso Vasili Grossman (1905-1964), 'Vida y destino' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores; traducción con ovación de Marta Rebón ), se le perdona cualquier desarreglo y error, por la sencilla razón de que tiene mucho que contar y cuenta mucho a lo largo de 1.100 páginas, 150 personajes y unas veinte sagas narrativas que se encargan del mundo civil, moral, político y militar durante la Segunda Guerra Mundial. Una empresa decimonónica con los bagajes de la crónica narrativa del XX. Si quieren ficciones reales, como pretendía Capote, aquí se van a hartar.
Pero Grossman no es Capote, ni tiene que serlo. A este escritor ruso, que estuvo en la batalla de Stalingrado y en otra media docena de penalidades históricas, y que vio secuestrada esta novela por el régimen soviético (1961), le preocupa sobre todo la moral en el sufrimiento, es decir, le preocupa el sentido de lo humano cuando todo lo humano habita en el infierno. En este libro hay campos de trabajo alemanes y rusos, guetos y prisiones, batallas y violencia política, guerra sin tregua y paz en guerra, pero la mirada no se eleva a los destinos históricos de las masas o de las civilizaciones, sino que descansa en la percepción del tiempo de un combatiente durante la refriega, en la manera de abrir una carta que llega del frente o de escribir la última ante la muerte inminente, en el sentimiento retráctil que une a un superviviente o a un prisionero con los que comparten su hora, en la esperanza radical y rotunda de un condenado cuando no hay esperanza posible, en las relaciones entre la física cuántica y el fascismo…
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Si la Segunda Guerra Mundial se obstina en fascinarnos es porque sigue siendo un enigma. Todo en ella es enigma: el Holocausto, la fiebre pangermánica, los tratados secretos entre enemigos traicioneros, los bombardeos civiles, las migraciones de población, la carrera atómica, el delirio bélico que alcanzó a los civiles, a los políticos y a los militares. Una tormenta perfecta, un vómito de la naturaleza, sólo que hecha por naciones y por seres humanos (no sólo por naciones, los individuos hicieron mucho: más de la cuenta).
Lo que narra la novela de Vasili Grossman, 'Vida y destino' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, traducción de Marta Rebón) son las vidas de seres pequeños entre los que se repartió la asignada ración de desastre: cómo lo soportaron, cómo sobrevivieron, de dónde sacaron la esperanza, cómo se relacionaron con los otros, cuál era su fuerza, por qué, a pesar del infierno, amaron o desamaron, qué veían cuando miraban, cómo sentían su tiempo.
Hay prisioneros en campos de trabajo alemanes o soviéticos, oficiales en primera línea de fuego, combatientes que se inician en la batalla, judíos perseguidos, madres que esperan una carta del frente, comunistas convencidos a pesar de la hecatombe, desdichados sin patria ni ley... ¿Qué puede sacar una novela de todo esto? Quizá el enigma de la vida humana, más allá de la Historia y de los capítulos de las civilizaciones.
Mijaíl Sídorovich Mostovskoi, traductor en el Segundo Congreso del Komintern, y recluido en un 'läger' alemán, se siente feliz de poder practicar lenguas entre "aquella muchedumbre plurilingüe" que no se comprendía entre sí, a la vez que percibe que "cuanto más dura había sido la vida de un hombre antes del campo, mayor era el fervor con el que mentía. Aquellos embustes no servían a ningún objetivo práctico; representaban un himno a la libertad". Palabra de traductor.
El gueto, un lugar para la esperanza
En su última carta, una madre judía escribe desde el gueto a su hijo: "En ningún otro lugar del mundo hay más esperanza que en el gueto. El mundo está lleno de acontecimientos, y todos esos acontecimientos tienen el mismo sentido y el mismo propósito: la salvación de los judíos. ¡Qué riqueza de esperanza! Y la fuente de esa esperanza es sólo una: el instinto de vida que, sin lógica alguna, se resiste al terrible hecho de que todos vamos a perecer sin dejar rastro". La ironía en lo más profundo del miedo.
El físico ruso Shtrum reflexiona: "La Gestapo y el renacimiento científico eran hijos de una misma época (...) El fascismo ha negado el concepto de individualidad separada, el concepto de 'hombre' y opera con masas enormes. La física contemporánea habla de probabilidades mayores o menores de fenómenos en este o aquel conjunto de individuos físicos. ¿Acaso el fascismo, en su terrible mecánica, no se funda sobre el principio de política cuántica, de probabilidad política?" Ciencia y civilización, el destino de los hombres.
Lo curioso para nosotros, la mayoría de los cuales no hemos sufrido grandes guerras, ni hemos padecido un total derrumbe de todo aquello en lo que creíamos, es que los personajes de esta novela/testimonio luchen por existir, sigan sintiendo y pensando como si las circunstancias no pudieran alterar ese hábito humano de reflexionar sobre lo que pasa. Y de forma tan poco académica, por cierto.
De modo que esta novela no puede tener otro final, ya al final de todo, que la comprensión de un espíritu que es más fuerte que cada uno de nosotros, y por el que no podemos hacer otra cosa que luchar: "En el silencio del bosque la tristeza era más honda que el silencio del otoño. Se oía en su mutismo el lamento por los muertos y la furiosa felicidad de vivir... Todavía es oscuro, hace frío, pero pronto las puertas y las contraventanas se abrirán. Pronto la casa vacía revivirá y se llenará con las lágrimas y las risas infantiles, resonarán los pasos apresurados de la mujer amada y los andares decididos del dueño de la casa".
No hay nada paradójico en el aliento vital que finalmente insufla esta historia en la que los seres humanos sorprenden a la vez por su bondad y por su perversidad, en ocasiones sin cambiar de sujeto. No hay aquí un canto de esperanza, ni el laudo de la oración fúnebre, como tampoco hay pesimismo lastimero, ni histórico ni antropológico. Hasta el pesar mismo está tratado como una condición humana capaz de exaltar lo mejor y lo peor de cada cual. He de decir que la sensación que queda es la de que en el peor de los mundos posibles siempre ganan los buenos o, mejor dicho, lo bueno. Es lógico: brilla más, tiene más fuerza que lo que se deja llevar por la corriente, definición incuestionable del mal. Aceptar, claudicar, obedecer a ciegas, cumplir con el mandato de otros, seguir a la mayoría o a los poderosos: lo fácil coincide con el horror.
Se ha elogiado mucho este libro por su grandiosidad, por su amplitud pictórica, por la inmensidad de su testimonio. Sin embargo, su gran valor está en lo pequeño, en los seres que sólo ocupan un rincón del mundo y que enseñan esas venas del alma por las que circula la vida cuando merece ser vivida. Al espíritu las circunstancias sólo le importan para sobreponerse a ellas.