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ebora

Rec

Efectista... y efectiva

Crítica de Rec
por Romulo y Remo
4/5
10/12/2007
Atención: esto es un postcrítica, se puede contar cualquier detalle sobre la trama. La idea es que el lector ya haya visto la película
Carátula de la película REC es tan efectista como esperaba. Pero también muy efectiva. Ya desde su primer instante va a ello. No se anda con rodeos. Pero eso también es positivo. No se detiene en adornos tontos del estilo de "...esta cinta fue descubierta no sé cuándo y contiene una historia no conocida que ratatá blablablá ratatá..." Sí, al más puro estilo Bruja de Blair. Aquí vamos directos al grano y aceptando desde el primer instante que estamos viendo lo que estamos viendo: después de todo, una peli de "infectados". O sea, de zombies.

Otro acierto de REC es que no se detiene en esas premisas estúpidas que planteaba, pero sí se toma su tiempo, en cambio, sabiamente, para plantear la situación, para entender a su invisible protagonista (el cámara) y sobre todo para presentar el escenario (el edificio) y cada uno de los vecinos. Si el cine yanqui suele hacer funcionar este tipo de cine a través de una serie de clichés ya universalmente aceptados, REC es capaz hábilmente de aprovechar clichés más habituales de nuestro entorno para otorgarles funciones idénticas en el desarrollo de la película: la familia de chinos de la que recelan todos los vecinos; el emigrante argentino, tan resabidillo y autocomplaciente; la madre ultraprotectora que no se separa de su niña a la que ha bautizado con uno de esos horteras nombres anglosajones... De nuevo, otro acierto.

Así pues, REC maneja los tempos de su narración perfectamente, y cada elemento va entrando en su momento. Además, el desconocimiento general de lo que va sucediendo por parte de los protagonistas es un elemento perfecto para acentuar la sensación de angustia. Como colofón de esa primera parte de puro misterio, llega la magnífica secuencia en la que un personaje "de fuera" (protegido con un imponente traje de protección contra agentes biológicos peligrosos) entra en el edificio. Un momento poderosísimo en el que nos damos cuenta de que Plaza y Balagueró le dan a su película toda la importancia que realmente merece.

A partir de aquí llega la pura adrenalina, la acción directa, el pánico de los personajes, su paulatina derrota, el caos. Por supuesto, me gusta más la primera parte de la película, pero en verdad todo el filme no desmerece como conjunto, si bien la sucesión de escenas climáticas resueltas simplemente con el recurso de "no se ve nada" al final resulta un tanto cansino. Claro que, si hemos de pedir coherencia a la apuesta estética de los directores, debe ser precisamente así. De lo contrario, no sería creíble.

Al final, la propia naturaleza formal y estética del film, siendo la que es, igualmente potencia unos instantes como limita las posibilidades de otros. Toda la secuencia final es, en general, angustiosa, pero para nada brillante. Nada comparable a algunos maravillosos momentos que el género de terror nos ha legado a lo largo de la historia. Sin embargo, en contraste, esa oscuridad general, en ese mismo final, sirve para que la difusa imagen de la niña zombie cobre aún mayor potencia de la que de por sí pudiera tener.

Al final, REC es lo que es, una cinta de género, una muy eficaz película de terror, con varios "sustos" muy bien ubicados en su metraje, con un ritmo apabullante y con un dominio técnico brutal, irreprochable. A su vez, es toda una lección para aquellos (entre ellos muchos productores) que aseguran que en España no se sabe hacer según qué tipo de películas.

Pesadillas de la Bella Durmiente

Artículo: en el suplemento Babelia del 5 de abril de 2008, en el diario El País, de Laura Restrepo

http://www.elpais.com/articulo/semana/Pesadillas/Bella/Durmiente/elpepuculbab/20080405elpbabese_15/Tes/

Lolita, de Nabokob

Relato: El avión de la bella durmiente, de Gabriel García Márquez

(http://www.literatura.us/garciamarquez/avion.html)

La casa de las belllas durmientes, de Yasunari Kawabata

(existe una reciente traducción al gallego en la editorial Rincoceronte (nº11): A casa das belas adormentadas

Tú y tu desnudo sueño

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.

Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo

y tú, inocente, duermes bajo el cielo.

Tú por tu sueño y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves

te me encierran, recluyen, roban. Hielo

cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo

que alce hasta ti las alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura

-cauce fiel de abandono, línea pura-

tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño

yo insomne, loco, en los acantilados

las naves por el mar, tú por tu sueño.

      GERARDO DIEGO

La soledad(2007) de Jaime Rosales

http://www.otrocine.com/archivos/la-soledad-jaime-rosales-2007/

Adela está separada y decide irse a Madrid con su hijo. Antonia tiene tres hijas, Helena le pide dinero para comprarse un piso, a Nieves le detectan un cáncer e Inés alquila una habitación de su casa a una recién llegada Adela. Y de pronto la herida, el brusco giro que vuelve todo inevitable.

Hay films que se conforman con contar una historia, otros con conmover, otros con hacer caja, y luego hay otro cine que busca perderse, contemplarse desde fuera, ser cine pero hacer otra cosa. Es un cine suicida, contracorriente, carente de concesiones, autista, al margen de todo lo que se ha llamado cine hasta ahora. Y La Soledad era (es) esto. ¿Entonces qué es? Algo tan sencillo (y complejo) como la vida misma.

Las protagonistas (Sonia Almarcha y Petra Martínez, no hay suficientes premios para vosotras) no actúan, viven, sufren, cocinan, comen, no interpretan un papel, y precisamente esa delicada línea que separa la ficción del documental es lo que Jaime Rosales domina a la perfección.

Después de la demoledora y hanekeniana “Las horas del día”, éste barcelonés, amante del cine de Bresson nos vuelve a regalar un par de ojos nuevos para degustar su cine áspero, seco y directo, una (s) nueva (s) narración (es) sin música, como los días, con el único sonido de la ciudad como partitura. Un film donde a veces los silencios son más expresivos que las palabras, únicamente dichas cuando algo parece a punto de romperse dentro.

La película introduce un nuevo atractivo visual, la “polivisión” (tiembla Von Trier) que consiste en dividir la pantalla en dos mitades iguales y registrar dos ángulos diferentes y simultáneos de la acción, algo que da una potencia infinita a la narración en algún caso y entorpece en algún otro. Si obviamos que el invento se usa, quizás, demasiado, podemos hablar de uno de los films más importantes, de verdad, del nuevo cine español.

No importa que no reciba premios (que recibirá), y que Rosales no haga cine en el extranjero con presupuestos imposibles, que no disfrute de un éxito de taquilla de infarto, La Soledad desvela a un autor inquieto, muy de fiar, orgullosamente minoritario e infinitamente interesante.

Un autor tan necesario como Haneke, Winterbottom o el ya citado Von Tier, entre otros, para hacernos creer que puede haber un cine diferente, que solo se rige a los dictados del propio cine-arte (perdón por el palabro), un cine-experiencia que toma como punto de partida y meta la propia vida, aunque a veces en medio haya algún que otro tobogán.

 

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 http://www.hoycinema.com/actualidad/noticias/CINE-Jaime-Rosales-pelicula-habla-perder-miedo-hablar-muerte.htm
(CINE) Jaime Rosales: "Mi película habla de perder el miedo a hablar de la muerte" ( 29/05/2007 )

 

-"La soledad existencial es como la muerte, no tiene solución". -El cineasta catalán estrena ´La soledad´, que se proyectó en el recientemente clausurado Festival de Cannes. Barcelona, 28 may. (COLPISA, Paco Soto). Tras llamar la atención con su ópera prima ´Las horas del día´, el director y guionista Jaime Rosales (Barcelona, 1970) presenta ´La soledad´, que ha tenido muy buena acogida en el recientemente clausurado Festival de Cannes. Utilizando un innovador lenguaje visual, Rosales cuenta la historia de Antonia y Adela, un relato sobrio e incisivo que va avanzando a partir de las cosas, buenas y malas, que les van pasando a estas dos mujeres. Antonia es viuda, tiene un pequeño supermercado de barrio y lleva una vida bastante tranquila junto a su novio y sus tres hijas, Inés, Nieves y Helena, la mayor. Poco a poco, la existencia de Antonia empieza a tambalearse. Por su parte, Adela está separada, tiene un hijo de un año y abandona su pueblo natal en León por Madrid, donde empiezan las dificultades y un atentado terrorista acaba con la vida de su hijo. Las emociones que se desprenden de los personajes y la manera en que se relacionan entre ellos y con su entorno forman la columna vertebral de una película que habla, sobre todo, del ser humano y su soledad. PREGUNTA: El hilo conductor de su nueva crónica cinematográfica es la soledad, la incomunicación en la que viven los seres humanos? RESPUESTA: En la película, más que un hilo conductor dominante, hay unos personajes y unas situaciones. Utilizo unos personajes, los dejo evolucionar y destaco aspectos importantes de su vida. El problema de la incomunicación es uno de ellos. La soledad es otro, quizá el más importante. Tiene que ver con la sociedad en la que vivimos. Aunque la sociedad española es muy agradable en apariencia, porque nos divertimos mucho y tenemos muchos amigos, pienso que vamos hacia un modelo de sociedad muy norteamericano. Es un modelo de sociedad fragmentada, donde la gente trabaja cada vez más, se preocupa por tener muchos bienes materiales y no le importa establecer lazos con los demás. Pero en la película también he querido resaltar otra soledad, que es la soledad existencial. Es una soledad que tiene que ver con las situaciones de más dolor o con la necesidad de enfrentarse a las cuestiones más complicadas de la vida. En estas situaciones, aunque estés acompañado, te sientes terriblemente solo. P: Quizá sea el tipo de soledad más complicado de resolver, si es que se puede solucionar. R: La soledad existencial es como la muerte, no tiene solución. Tenemos que aceptarlo. La sociedad norteamericana tiene una serie de valores que son muy competitivos. Hay ganadores o perdedores. En nuestra sociedad las cosas no funcionan todavía de este modo, aunque vamos alcanzando poco a poco esta meta. En este contexto, no creo que la soledad existencial, es decir el individuo consigo mismo, tenga solución. Las decisiones muy importantes o el dolor profundo del ser humano no pueden compartirse con los demás. P: ¿Por qué motivos hemos sido capaces de generar más prosperidad y bienestar, pero no más felicidad? R: A lo mejor es porque hemos confundido el tener con el ser. No basta con tener muchos bienes materiales. La felicidad, el bienestar espiritual, el sentirse más o menos a gusto es algo muy complicado y no se consigue teniendo una casa o tres coches. Creo que algo está cambiando a mejor en nuestra sociedad. Estamos en una sociedad en la que los valores del mercado y las relaciones superficiales entre seres humanos son muy importantes. Es la dinámica general y es preocupante, pero me da la sensación de que se empieza a dar una corrección de valores. Tengo la sensación, como he podido ver en muchas películas que se han exhibido en Cannes, que el horizonte se está despejando. La minoría de gente que piensa que las cosas importantes de la vida no son materiales va creciendo. P: La película arranca a un ritmo muy lento y poco a poco va decayendo, hasta que ocurre el atentado en que muere el hijo de Adela. ¿Ha utilizado este recurso para alertar sobre lo frágil que es la vida? R: Sí. El tema de la fragilidad de la vida es esencial en la película. Es la emoción de raíz de la película. Yo tengo esta sensación de fragilidad, quizá porque la he vivido a través de personas cercanas. Y cuando eres padre sientes esta fragilidad a diario. El acontecimiento del atentado, que es muy dramático, sirve también para despertar al espectador, después de un tiempo muerto en el que no ocurre nada. Lo terrible de la vida también nos tiene que servir para dar sentido a nuestras propias vidas. La vida tiene esa fuerza. P: ¿Vivir un acontecimiento dramático debería servirnos para cuestionar nuestras propias vidas y darle importancia a lo que de verdad se lo merece? R: Creo que sí. En el mundo occidental la muerte se ha convertido en un tabú, las religiones han retrocedido mucho, lo más importante es producir, consumir y convertir al individuo en una máquina dentro de un engranaje gigante. La muerte da mucho miedo, y mi película también habla de eso, de perder el miedo a hablar de la muerte. Doble compromiso P: No es muy frecuente una película tan reflexiva como la suya en el actual panorama cinematográfico español. R: Lo sé. El cine tiene que tener muchos objetivos, pero a mí me gusta lo que hago, aunque me cueste. Es difícil hacer una película en la que he intentado abordar desde el rigor y el compromiso de un cierto análisis profundo un tema como la soledad del ser humano. He intentado hacer el mínimo de concesiones al mercado. En España, es muy difícil ser director y productor si te apartas de las pautas que marca la industria. Mis películas tienen un público minoritario. A mí me satisface que las cosas sean así. Tengo un compromiso conmigo mismo y con la sociedad en la que vivo. P: ¿Cómo ve nuestro cine? R: Su gran deficiencia es de productores. Hay muy buenos creadores, pero pocos buenos productores, productores que entiendan bien el negocio y tenga sensibilidad artística. El otro trabajo que se debería hacer en España, desde las Administraciones Públicas, no es tanto dar dinero o proteger más, sino fomentar el cine en la educación de los niños. Hay que introducir el cine de calidad en las escuelas. 05/29/10-08/2007

 

Vida y destino de Vasili Grossman

Vida y destino de Vasili Grossman

A la novela del ruso Vasili Grossman (1905-1964), 'Vida y destino' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores; traducción con ovación de Marta Rebón ), se le perdona cualquier desarreglo y error, por la sencilla razón de que tiene mucho que contar y cuenta mucho a lo largo de 1.100 páginas, 150 personajes y unas veinte sagas narrativas que se encargan del mundo civil, moral, político y militar durante la Segunda Guerra Mundial. Una empresa decimonónica con los bagajes de la crónica narrativa del XX. Si quieren ficciones reales, como pretendía Capote, aquí se van a hartar.

Pero Grossman no es Capote, ni tiene que serlo. A este escritor ruso, que estuvo en la batalla de Stalingrado y en otra media docena de penalidades históricas, y que vio secuestrada esta novela por el régimen soviético (1961), le preocupa sobre todo la moral en el sufrimiento, es decir, le preocupa el sentido de lo humano cuando todo lo humano habita en el infierno. En este libro hay campos de trabajo alemanes y rusos, guetos y prisiones, batallas y violencia política, guerra sin tregua y paz en guerra, pero la mirada no se eleva a los destinos históricos de las masas o de las civilizaciones, sino que descansa en la percepción del tiempo de un combatiente durante la refriega, en la manera de abrir una carta que llega del frente o de escribir la última ante la muerte inminente, en el sentimiento retráctil que une a un superviviente o a un prisionero con los que comparten su hora, en la esperanza radical y rotunda de un condenado cuando no hay esperanza posible, en las relaciones entre la física cuántica y el fascismo…

 

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 Si la Segunda Guerra Mundial se obstina en fascinarnos es porque sigue siendo un enigma. Todo en ella es enigma: el Holocausto, la fiebre pangermánica, los tratados secretos entre enemigos traicioneros, los bombardeos civiles, las migraciones de población, la carrera atómica, el delirio bélico que alcanzó a los civiles, a los políticos y a los militares. Una tormenta perfecta, un vómito de la naturaleza, sólo que hecha por naciones y por seres humanos (no sólo por naciones, los individuos hicieron mucho: más de la cuenta).

Lo que narra la novela de Vasili Grossman, 'Vida y destino' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, traducción de Marta Rebón) son las vidas de seres pequeños entre los que se repartió la asignada ración de desastre: cómo lo soportaron, cómo sobrevivieron, de dónde sacaron la esperanza, cómo se relacionaron con los otros, cuál era su fuerza, por qué, a pesar del infierno, amaron o desamaron, qué veían cuando miraban, cómo sentían su tiempo.

Hay prisioneros en campos de trabajo alemanes o soviéticos, oficiales en primera línea de fuego, combatientes que se inician en la batalla, judíos perseguidos, madres que esperan una carta del frente, comunistas convencidos a pesar de la hecatombe, desdichados sin patria ni ley... ¿Qué puede sacar una novela de todo esto? Quizá el enigma de la vida humana, más allá de la Historia y de los capítulos de las civilizaciones.

Mijaíl Sídorovich Mostovskoi, traductor en el Segundo Congreso del Komintern, y recluido en un 'läger' alemán, se siente feliz de poder practicar lenguas entre "aquella muchedumbre plurilingüe" que no se comprendía entre sí, a la vez que percibe que "cuanto más dura había sido la vida de un hombre antes del campo, mayor era el fervor con el que mentía. Aquellos embustes no servían a ningún objetivo práctico; representaban un himno a la libertad". Palabra de traductor.

El gueto, un lugar para la esperanza

En su última carta, una madre judía escribe desde el gueto a su hijo: "En ningún otro lugar del mundo hay más esperanza que en el gueto. El mundo está lleno de acontecimientos, y todos esos acontecimientos tienen el mismo sentido y el mismo propósito: la salvación de los judíos. ¡Qué riqueza de esperanza! Y la fuente de esa esperanza es sólo una: el instinto de vida que, sin lógica alguna, se resiste al terrible hecho de que todos vamos a perecer sin dejar rastro". La ironía en lo más profundo del miedo.

El físico ruso Shtrum reflexiona: "La Gestapo y el renacimiento científico eran hijos de una misma época (...) El fascismo ha negado el concepto de individualidad separada, el concepto de 'hombre' y opera con masas enormes. La física contemporánea habla de probabilidades mayores o menores de fenómenos en este o aquel conjunto de individuos físicos. ¿Acaso el fascismo, en su terrible mecánica, no se funda sobre el principio de política cuántica, de probabilidad política?" Ciencia y civilización, el destino de los hombres.

Lo curioso para nosotros, la mayoría de los cuales no hemos sufrido grandes guerras, ni hemos padecido un total derrumbe de todo aquello en lo que creíamos, es que los personajes de esta novela/testimonio luchen por existir, sigan sintiendo y pensando como si las circunstancias no pudieran alterar ese hábito humano de reflexionar sobre lo que pasa. Y de forma tan poco académica, por cierto.

De modo que esta novela no puede tener otro final, ya al final de todo, que la comprensión de un espíritu que es más fuerte que cada uno de nosotros, y por el que no podemos hacer otra cosa que luchar: "En el silencio del bosque la tristeza era más honda que el silencio del otoño. Se oía en su mutismo el lamento por los muertos y la furiosa felicidad de vivir... Todavía es oscuro, hace frío, pero pronto las puertas y las contraventanas se abrirán. Pronto la casa vacía revivirá y se llenará con las lágrimas y las risas infantiles, resonarán los pasos apresurados de la mujer amada y los andares decididos del dueño de la casa".

 

No hay nada paradójico en el aliento vital que finalmente insufla esta historia en la que los seres humanos sorprenden a la vez por su bondad y por su perversidad, en ocasiones sin cambiar de sujeto. No hay aquí un canto de esperanza, ni el laudo de la oración fúnebre, como tampoco hay pesimismo lastimero, ni histórico ni antropológico. Hasta el pesar mismo está tratado como una condición humana capaz de exaltar lo mejor y lo peor de cada cual. He de decir que la sensación que queda es la de que en el peor de los mundos posibles siempre ganan los buenos o, mejor dicho, lo bueno. Es lógico: brilla más, tiene más fuerza que lo que se deja llevar por la corriente, definición incuestionable del mal. Aceptar, claudicar, obedecer a ciegas, cumplir con el mandato de otros, seguir a la mayoría o a los poderosos: lo fácil coincide con el horror.

Se ha elogiado mucho este libro por su grandiosidad, por su amplitud pictórica, por la inmensidad de su testimonio. Sin embargo, su gran valor está en lo pequeño, en los seres que sólo ocupan un rincón del mundo y que enseñan esas venas del alma por las que circula la vida cuando merece ser vivida. Al espíritu las circunstancias sólo le importan para sobreponerse a ellas.

Euphoria

 Cine Clube Lumiere 17 de marzo de 2008 (programada en el último festival de cine de Ourense)
 
TITULO ORIGINALEyforiya (Euphoria)
AÑO
2006
DURACIÓN
73 min.  
PAÍSRusia
DIRECTORIvan Vyrypaev
GUIÓNIvan Vyrypaev
MÚSICAAydar Gainullin
FOTOGRAFÍAAndrey Naidenov
REPARTOMaxim Usharov, Mikhail Okunev, Polina Agureyeva, Yaroslavna Serova, Vitaly Romanyuk, Vyacheslav Kokorin, Zoya Zadorozhnaya, Maxim Litovchenko, Madlen Jabrailova
Pavel, un hombre casado, lleva una semana pensando constantemente en Vera. Decide ir a visitarla, porque desde que se miraron, nada ha vuelto a ser igual. Ella tiene marido e hija, y está igual de desconcertada que él en relación a sus sentimientos. Ambos viven en la inhóspita estepa siberiana y tienen pocos recursos económicos. Su historia de amor es un reto a la vida que han llevado hasta ahora.
Eurphoria es una de esas películas que pasan desapercibidas en cartelera, e inevitable cita para los amantes del gafapastismo. Y sin embargo, Euphoria, debut del realizador ruso Ivan Vyrypayev, es una interesantísima película, difícil de definir, y de olvidar. Contemplativa, romántica, pasional, apacible y violenta. Las contradicciones se agrupan en este pequeño filme, que compitió en el Festival de Venecia 2006 que consiguió el Pequeño León de Oro, y, más importante incluso, el apoyo de la crítica.
De argumento corriente, Euphoria comienza con una sinceridad demoledora. Dos protagonistas, sin preocupaciones, con vidas normales. Pero el sentimiento brota entre ellos. Sentimientos inesperados, trágicos, crueles, tremendamente poderosos. Te podría pasar a ti.
Pavel ya no puede esconder sus emociones. Decide encararse a Vera con lo que siente. Le explica que ya no puede vivir sin mirarla, tal y como lo había hecho desde su primer encuentro en ocasión de una boda. Ella le confiesa que también le miraba a él sin saber el porqué. Algo inexplicable se ha producido. Algo que ellos no habían conocido hasta el momento. Algo que ellos no comprenden.
Actores sin experiencia, paisajes desolados y diálogos mínimos. Ivan Vyrypayev compone una ambientación fría en la que reina la tranquilidad, pero con un “pequeño” río, el Don, metáfora de la violencia que puede llegar a desarrollar el ser humano. El fotógrafo Andrey Naidenov convierte a la estepa en un personaje más: hay infinidad de planos centrados únicamente en el paisaje. Frío, desangelado.
Quizá se te pase desapercibidas, pero si la ves, no la olvidarás. Llévate la coraza y no dejes aflorar la ternura. La Euphoria es peligrosa. Crea adicción, pero es una amante temporal. Cuando se desvanece, ¿qué queda? La dura realidad. Y ésta no volverá a ser como antes.
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Para su primera incursión en el cine, el debutante Ivan Vyrypaev (prestigioso dramaturgo ruso) ha elegido como escenario la impresionante estepa rusa. Pero el paisaje se convierte en mucho más que un simple marco donde desarrollar la acción. Los personajes actúan profundamente marcados por la vastedad que los rodea, y por el aislamiento al que se ven abocados. Entre ellos, Vera (arrebatadora Polina Agureyeva), una mujer atrapada en la inmensidad, y que notamos minúscula e insignificante. Casada, con una niña, y sin más compañía que su familia, y una pareja de ancianos vecinos. Alrededor sólo una enorme extensión de tierra. Pero surge la pequeña chispa que hará cambiar su vida. Una chispa encendida por Pavel, al que conoció en una boda (sólo mediante miradas), y que se aferra a Vera como su única oportunidad para escapar de su (intuimos) opresiva vida.

La historia de amor que se desencadena es apasionante y apasionada. Algo incontrolable, espontáneo, irracional... Dos personas que no han sentido en su vida nada remotamente parecido a lo que están viviendo. Por supuesto, no tienen ni idea de cómo enfrentarse a ello. La única opción es seguir sus instintos, moverse por impulsos, empujados hacia el abismo por la perentoria necesidad de escapar, de amar, de sentir, de estar vivos. Arrastrados a una huida hacia delante, mágica y trágica, a la vez.

(sigue abajo, sin spoiler)
spoiler:
Toda la película posee una inusual belleza. Obviamente, las localizaciones escogidas tienen mucho que ver en esta deslumbrante hermosura. Pero el mérito del autor radica en su forma de filmar esta historia. Todo el filme está impregnado de un ligero tono poético, pero nada petulante. Acostumbrados a la pretenciosidad que se instala en determinados autores a la hora de introducir la poesía visual en sus obras, se agradece la agradable y sencilla poesía de Vyrpariev. Tampoco me quiero olvidar de la maravillosa música. Una banda sonora conscientemente omnipresente y a la que le gusta el subrayado. Aun estando en el límite de lo permisible, el efecto termina siendo hipnótico y embriagador. A lo que también ayuda un excelente uso del montaje, con el que, a veces, corta de forma brusca el exceso musical, dando así el necesario respiro para evitar la saturación. Otra veces, sin embargo, el montaje sirve para encadenar varios fundidos con exquisita suavidad. Una constante en este trabajo, el contraste y la convivencia entre lo brusco y lo delicado, entre lo desgarrador y lo armonioso.

Esta hermosa tragedia, llena de fuerza, supone un notable debut de este director, al que habrá que seguir en el futuro. Podríamos situarlo dentro de esa especie de constante en el cine ruso, en la que se explora todas las posibilidades de las relaciones hombre-naturaleza. Y aunque, de alguna u otra forma, está emparentado con los Tarkovsky, Soukurov o Zvyagintsev, también es cierto que hay un alejamiento en su forma de hacer cine (mucho más vitalista y explosivo) con respecto a los demás. Es innegable que posee una mirada propia, en la que destacaría su desbordante energía. La cual, si aprende a canalizar bien, puliendo algún que otro defecto propio del primerizo, puede reservarnos grandes momentos en el futuro.

gilipollas

gilipollas


 

Tanto el argentinismo gil como el españolismo gilipollas son palabras de uso vulgar. La primera es empleada en el Río de la Plata desde comienzos del siglo XX; la segunda es de uso en España y se encuentran registros desde la primera mitad del siglo pasado.
Ambas provienen de caló jilí (tonto, memo), probablemente influenciado por el nombre propio Gil. Gobello, en su Diccionario del lunfardo menciona los aumentativos 'gilón' y 'gilún', este último con influencia del genovés, así como los despectivos 'gilastro' y 'gilastrún'.
En el tango Cambalache, de Enrique Santos Discépolo, popularizado por Carlos Gardel, se dice:

Siglo XX cambalache
problemático y febril
el que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
La forma peninsular se forma mediante la unión de gilí (también 'tonto', 'memo') con 'polla' en su acepción vulgar de 'pene'. Un ejemplo de su uso lo encontramos en este trecho de Arturo Pérez Reverte, en La reina del sur:
Entonces él, mentón sin afeitar, ojos enrojecidos de sueño, se rascó el pelo revuelto y le preguntó si estaba loca o se había vuelto gilipollas o qué. Hasta que ella se levantó desnuda de la cama, y tal como estaba sacó su maleta del armario y empezó a meter cosas (...).

El diccionario de la Academia incluye también el españolismo gilí, del mismo significado y origen, aunque sin la marca de vulgarismo que atribuye solamente a gilipollas.
El vocablo caló original, jilí se deriva de jil (fresco) y este de jilar (enfriar). Muchos etimólogos suponen que la acepción de 'fresco' sugirió la idea de 'nuevo' y, de ahí, la de 'cándido', 'inocente', de donde 'incauto', 'tonto'.

Los girasosles ciegos de Alberto Méndez

 LOS GIRASOLES CIEGOS ALBERTO MÉNDEZAnagrama, Barcelona, 2004 “Vencidos victoriosos” (Herme G. Donis)Casi todo resulta sorprendente en este libro que la editorial Anagrama publicó en enero de 2004. Su autor, Alberto Méndez, tenía 63 años cuando ve publicada esta primera obra y muere once meses después sin apenas saborear el éxito que tras su muerte tendría el libro. Durante los meses posteriores a su publicación, y a pesar de las buenas críticas que la novela recibe, las ventas de ésta se hacen casi de una forma clandestina. Algunos comentaristas de radio dan la voz de alerta sobre las cualidades de Los girasoles ciegos. Recomiendan su lectura con pasión y, a partir de ahí, el boca a boca termina por convertirlo en un libro de referencia obligada. Como consecuencia, las ventas comienzan a dispararse (baste decir que a fecha de hoy la editorial ya ha lanzado al mercado ocho ediciones (unos 28.000 ejemplares, según el editor) y el libro consigue primeramente, y en vida de su autor, el Premio Setenil de relatos y posteriormente (ya fallecido Alberto Méndez) los importantes Premios de la Crítica y Nacional de Narrativa. Pendiente quedó el Premio del Gremio de Libreros de Madrid, ya que éste sólo se concede a autores vivos. Pero lo más importante de todo es que Méndez ha contado con un favor que es el mejor de los premios para cualquier creador: la entrega incondicional de los lectores. Casi dos años después de su publicación, el libro aún se sigue recomendando en público y en privado y pocos dudan en saludarlo como una de las obras más importantes publicadas en los últimos tiempos.¿Pero quién fue Alberto Méndez y qué es Los girasoles ciegos? Alberto Méndez Borra nació en Roma en 1941. Su padre, el poeta y traductor, José Méndez Herrera, trabajaba en aquel momento en la ciudad italiana para la FAO. Muchos lectores puede que recuerden a este último sobre todo como traductor habitual de la editorial Aguilar, para la que tradujo muchas obras de autores tan importantes como Irving, Stevenson, Eliot, Dikens, Chesterton, Bernard Shaw, Tennessee Williams, etc, llegando a conseguir en 1962 el Premio Nacional de Traducción por su versiones de las obras teatrales de Shakespeare. Alberto Méndez, hombre de izquierdas, (milita en el Partido Comunista hasta 1982) estuvo siempre vinculado, de una u otra manera, al mundo de la edición. En su lucha contra el franquismo crea, entre otras, la editorial política “Ciencia Nueva”que clausura Manuel Fraga Iribarne en su época de ministro de la dictadura franquista. Asimismo, llega a ser un alto ejecutivo de la editorial Montena y se dedica a labores de guionista (colaboró en programas dramáticos de RTVE y fue guionista con Pilar Miró) y traductor a veces en solitario y otras en compañía de su hermano Juan Antonio, como ocurre con el libro del marxista italiano Galvano della Volpe Lo verosímil fílmico y otros ensayos, del que el propio Méndez es prologuista.Últimamente la narrativa se ve inundada de textos referentes a la Guerra Civil Española. Ante este auge son muchas las voces que se alzan bien para celebrarlo o para recordarnos que después de tantos años la palabra “reconciliación” sea aún tan difícil de aceptar. Pero libros como Los girasoles ciegos nos ofrecen unas lecturas fascinantes que, lejos de soliviantar sensibilidades, vienen a poner de manifiesto que es necesario conocer la historia para entender el presente y proyectar el futuro. Los girasoles ciegos es un libro de cuentos articulado a lo largo de cuatro historias- cuatro derrotas, dice el autor- que transcurren entre el período quizá más duro de la posguerra, que va desde 1936 a 1942, y que siendo totalmente independientes están hábilmente entrelazadas entre sí. Sus personajes son seres vencidos. Seres que se encuentran en un camino sin retorno recorriendo una senda de dolorosa entrega e ignorantes de en qué momento su ya maltrecha existencia dará de bruces contra el polvo.El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes Como dice Ramón Pedregal a propósito de una reseña sobre el libro: “El capitán Alegría es un Bartleby que cuestiona la norma de aquellos con los que vive y no puede abandonar su visión de lo que ocurre”. La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo. El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libinidoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.Alberto Méndez nos ha dejado con su única obra no sólo un extraordinario ejemplo de composición literaria, sino -y a pesar, de la crudeza de todas las situaciones- una continua muestra de sensibilidad, que puede conmover a todo tipo de lectores. Sencilla, realista y a la vez cargada de simbolismos, Los girasoles ciegos es una obra sobre la memoria. Sobre una memoria colectiva que debe tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde. Porque superar la tragedia de aquella España de represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se dice en la cita inicial de Carlos Piera, asumir, no pasar página o echar en el olvido. 

 
 La otra vida de 'Los girasoles ciegos'Cuerda adapta el libro del fallecido Alberto Méndez en torno a la Guerra Civil - Regresa uno de los grandes fenómenos editoriales de los últimos años en España ROCÍO GARCÍA - Madrid - 22/10/2007  "Bajo la represión, todas las historias de amor son imposibles. La represión convierte a todos en víctimas. A los acosadores, porque los convierte en alimañas; a los acosados, porque los convierte en despojos". Maribel Verdú tiene escrito a lápiz en su copia de guión este apunte, uno de tantos, que le trasladó José Luis Cuerda para encarar el rodaje de Los girasoles ciegos, el sobrecogedor libro con el que Alberto Méndez obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica de forma póstuma.Tiene la actriz otra anotación, ésta de cosecha propia, que es el final de un poema de Antonio Machado: "Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás. Muchas son las lagunas de mi memoria, pero más los recuerdos de mi historia".Los girasoles ciegos camina por la derrota moral de los vencidos, los de la Guerra Civil española, a través de cuatro historias de horror y desolación, cuatro relatos para avivar la memoria contra el olvido de los perdedores. Acaba de terminar la contienda y son años de represión y dolor, de miedos, de valores pervertidos. "Es un retrato de cómo los sentimientos se corrompen con la represión", asegura José Luis Cuerda, autor junto a Rafael Azcona del guión del libro.Sabe Cuerda que está ante un relato duro y triste. "La vida es así, triste, aunque con momentos cojonudos que debemos acumular. Es verdad que lo que narra la historia no es risible, pero sí gratificante por lo que tiene de conocimiento de la entraña humana. La observación del dolor ajeno siempre es dolorosa, pero el acceso a las verdades es altamente gratificante. Soy partidario de la excitación", añade este realizador, apasionado de las historias de moral difícil y del cine alejado del espectáculo y los fuegos artificiales.En el pasillo de ese edificio madrileño se palpa la felicidad del director, inoculada en el resto del equipo, pero también la tristeza. La tristeza de una despedida que se intuye definitiva. Es un pasillo largo, con libros a ambos lados, casi en penumbra, con el único balconcillo resguardado del exterior por unas cortinas blancas. Se intuye la luz, pero nadie te puede ver desde fuera. En el zaguán de una puerta aparece Ricardo (Javier Cámara) en pijama y batín de pana marrón; también zapatillas de fieltro. Su rostro muestra el dramatismo del momento. Abrazará a su hija Elenita (Irene Escolar) por última vez. Está embarazada de ocho meses, y Elenita y su novio Lalo (Martín Rivas) escapan al exilio. Nunca más volverán a verles. Ni su padre, ni su madre Elena (Maribel Verdú) ni su hermano pequeño. Todos lo saben y todos hacen como que no lo saben. Guardan las apariencias, y más que nadie la madre. Delgada, con una melena corta, elegante, vestida con sencillez, falda negra, camisa de seda clara y chaqueta de lana gris, da el último adiós a esa hija de 17 años que, con una maleta y una manta, inicia una huida imposible en busca de algo mejor.Cuerda le debía una a Maribel Verdú. Es la primera vez que trabajan juntos, pero la actriz ya lo había intentado hace muchos años cuando el realizador preparaba el casting de su película Mala racha. "Fui con mi madre a presentarme a las pruebas. No me cogió porque dijo que era demasiado guapa", recuerda la actriz en un descanso del rodaje, en una habitación con vistas al Retiro de Madrid, frente al estallido de colores otoñales de los árboles. "Es verdad, era demasiado guapa", corrobora poco después Cuerda. Ahora, al contrario, ha ido buscando esa belleza poderosa pero delgada y frágil. Con caderas postizas bajo la falda negra, Verdú tenía el libro de Los girasoles ciegos lleno de apuntes y subrayado cuando le llamó Cuerda. Era el regalo favorito que en 2005, cuando se publicó el libro, hizo a muchos de sus amigos. "Es una historia conmovedora, real. Una historia de amores imposibles, de una mujer que tiene un marido que ni la ve, ni la toca, y cómo ve la destrucción de su vida. Yo necesito cine terrenal", explica la actriz, que ha encontrado en José Luis Cuerda esa complicidad emocional que tanto busca a la hora de trabajar.El atuendo doméstico de Javier Cámara le señala como lo que es en Los girasoles ciegos: un muerto en vida, un profesor comprometido y cobarde. "Soy firme partidario de la cobardía", asegura. "Es un hombre metido en un cajón, acosado por la policía, del que su hijo niega su existencia, y con una mujer que sostiene una extraña relación con un diácono", comenta el actor."Con este proyecto hay que ir hasta el final. No hay juego, es todo pura realidad". Se cierra el batín de pana para sentarse en la cama que amuebla una habitación. La cama del fantasma.Un director bajo el 'efecto Azcona'Fueron los amigos de Cuerda quienes primero vieron la empatía que podría existir entre el cineasta y la obra de Méndez. "Tienes que hacer una adaptación", le decían unos. "¿Por qué no llevas al cine Los girasoles ciegos, le decían otros". Él había leído la obra del que fuera su amigo en los años de decadencia de la dictadura franquista en Televisión Española."Coincidí con Alberto unos años. Él escribía muchos guiones que no podía firmar porque era militante del PCE. Conocía su faceta de guionista pero no de sus escritos y relatos", asegura Cuerda, que finalmente, hace un año y ante la insistencia de tantos, buscó al mejor colaborador para llevar al cine el libro: el guionista Rafael Azcona. Juntos decidieron centrar la película en dos de los relatos paralelos del texto, con materiales de un tercero: el de la joven pareja, ella embarazada, que huye camino del exilio a Portugal y el del matrimonio que afronta la victoria de los franquistas con el marido, un ex profesor de literatura, escondido en un armario, muerto en vida. El filme está protagonizado por Maribel Verdú, Javier Cámara, Raúl Arévalo, Martín Rivas, Irene Escolar y el niño Roger Princip."Nunca había sido tan feliz dirigiendo". Es la confesión de Cuerda en el lujoso e imponente edificio semiabandonado de la calle Alfonso XII de Madrid, donde rueda estos días. "Me encuentro ante una historia de un grosor dramático tan intenso y ante unos actores que superan tanto mis expectativas, que es el reparto con el que más a gusto he trabajado en mi vida". http://www.elpais.com/articulo/cultura/vida/girasoles/ciegos/elpepucul/20071022elpepicul_3/Tes