Blogia

ebora

viaje literario (15 de mayo de 2006)

  Recorro tus calles, transitadas de múltiples palabras. Con las primeras luces del día recorro las calles de la Barcelona de la posguerra, acompañado de Andrea, una joven universitaria, desencantada con la insulsa época que le ha tocado vivir. "Nada", que diría Carmen Laforet. A media mañana, y también por razones docentes decido acercarme al Jarama, acompañado en esta ocasión de Ferlosio. Recobradas las fuerzas, nada mejor que visitar el bosque de la fantasía y de la imaginación, mientras leo el discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua de  María Matute.  Cuando llega la tarde, y el sol está en su máximo apogeo recorro las arenas del desierto y me dirijo hacia Bagdá donde descubro el dolor y la angustia de una inventora de cuentos, Sherezade, quien ha decidido aprender portugués para poder contarle su historia a su amiga Nélida Piñón. Solo así, motivado por la conversación de estas dos mujeres me decidó a volver la vista atrás, a los orígenes de la narración oral en lengua árabe, y antes de que se agote el día decido disfrutar de una noche, ya que de mil ahora no es posible, para descubrir la trágica historia de una amor incestuoso. Y como la tarde declina y la muerte nos acompaña atravieso la avenida que me lleva directamente hasta Buenos Aires para allí conocer la historia de "El muerto", un personaje borgiano, que fue un simple títere, una máscara sin más, ridiculizado por Bandeira y su banda. Todavía con fuerzas para proseguir el camino me acerco hasta el manicomio de Herisau, para recoger "una rosa" y dar un pequeño paseo con Robert Walser por la Suiza de principios del siglo XX. Llegada la noche, ya solo queda fuerzas para el amor, para el placer del momento, por eso, nada mejor que recorrer verso a verso "las estrategias del deseo", acompañado de la uruguaya Úrsula Pietri.

valente 1

Me dirijo por la calle Ervedelo en busca de un ciber. Por fin lo encuentro. No me llamo Enrique Vila Matas, ni soy de Ourense. Después de sentarme delante del ordenador que tiene el número tres, y abrir el buscador más famoso que existe, escribo: "Búsqueda de narrador". Ninguno de los resultados que me aparecen responden a mis demandas. Busco un narrador que sea capaz de escribir una novela con todas las ideas que voy desarrollando a partir de mis lecturas. LECTOR BUSCA NARRADOR. En el año 2057 Xosé Doutón revoluciona la narrativa europea con una obra escrita en portugués en la que, después de muchas décadas, consigue realizar nuevas aportaciones formales al género literario heredero de la novela del siglo XIX y XX. La que le reportará fama universal, y que hará que su nombre figure en todos los libros de texto de literatura de todo el planeta será el narrador lector. Un lector que va narrando sus historias mientras lee, abandonando el método tradicional de la escritura. Muchos años antes yo escribo estas líneas que algún día llegarán en forma manuscrita a las manos de Xosé Doutón. El escritor y doctor Pasavento, amigo íntimo de Enrique Vila Matas pasó largas temporadas en Suiza, especialmente en la clínica siquiátrica de Herisau, donde estuviera internado su admirado Robert Walser. Jose Ángel Valente murió en Ginebra, Suiza, en el año 2000. Seis años después estoy buscando narrador.

Illa Reunión

 

 

Illa Reunión

CDG

Ana Vallés, logo do peche da Sala Galán, alíase co Centro Dramático Galego para poñer en escena un espectáculo no que se mesturan teatro, danza e música. Con esta montaxe, na que participan 14 intérpretes, ábrese a programación de produción propia do CDG.

Este proxecto artístico inaugural da nova etapa aberta no CDG indaga nas novas formas de expresión escénica e se desenvolve nos límites entre teatro, música e danza a partir do concepto da viaxe e as súas distintas interpretacións como pretexto.

Enmarcada no "Ciclo violeta" que deseñou a Consellería de Cultura e Deporte para este mes de marzo sobre a creación feminina en Galicia, a proposta escénica é exemplo "dunha cultura galega aberta ao mundo e á realidade."

Ana Vallés avanzou que o espectáculo utiliza a idea da viaxe e o mito do viaxeiro como pretexto para unha creación colectiva que funde os límites entre o teatro, a danza e a música e xoga co intercambio de cometidos entre o grupo de intérpretes, que actúan, bailan e tocan en directo distintos instrumentos.

Un elenco de 14 actores, bailaríns e músicos desenvolve unha intensa interpretación coral, que durante toda a obra se mantén nun plano paralelo ao das intervencións individuais. Nestas, os intérpretes comunican historias reais, propias e alleas, fundamentadas nos sentimentos contraditorios desatados por viaxes transcendentais nas súas vidas.

A acción desenvólvese nun espazo escénico diáfano, que concede gran protagonismo aos matices da luz deseñada por Baltasar Patiño e ao especial plano sonoro que aporta a música en directo dos instrumentos de vento (bombardino, trompeta, tuba) e de percusión que empregan músicos e actores.

Pasavento IV

 

  Me gusta escribir por el mero hecho de escribir. Al igual que Walser, desconfío de que pueda comunicarse la angustia, encuentro a veces insuficientes y superficiales las palabras, aunque quizás sirvan precisamente para ocultar la angustia. Me gusta escribir por escribir, del mismo modo que hay viajeros que no viajan en busca de países remotos y de alicientes externos sino por el placer intrínseco del viaje.

  De hecho, esta forma de escribir recuerda el método del láiz, ese método que Walser aplicó a los 526 microgramas que de él se conservan y que siguen descifrando, en sus talleres suizos, Bernard Echte y Werner Morlang. Existe hoy en día la hipótesis de que era el tipo de papel y su formanto lo que condicionaba lo que Walser escribía a lápiz en sus microgramas, es decir, lo que originaba en él su proceso de escritura y a veces también lo terminaba, porque en muchos microgramas el texto o parloteo (elástico, como siempre en Walser)n terminaba sin más problema que cuando se le acababa el papel. Según Werner Morlang, esa afinidad (generadora de inspiración9n entre los materiales y el trazo del lápiz debía constituir Para Walser uno de los encantos mayores de su método.

 

        Doctor Pasavento pág. 259

 

Pasavento III

 

  A decir verdad , yo era alguien que empezaba  ya a estar cansado de tantos gestos repetidos a diario. Me vino a la memoria una breve carta que había leído en cierta ocasión, una carta de despedida de un paciente que había tenido en el hospital de Manhattan y que se había ahorcado dejando una breve nota al mundo: "Tanta abrochar y desabrochar".

  Cada día me deprimían más las repeticiones y todo comenzaba a parecerme insoportable. Levantarse, vestirse, comer, escribir, defecar, desvestirse, acostarse. Todo me lo sabía ya de memoria, hasta la locura. ¿Cuántas veces, por ejemplo, había visto llover en mi vida? Escribí mentalmente un poema que hablaba de mis ansias grandes de realizar una excursión al fin de la noche, un deseo total de viajar sin retorno. Cuando terminé el poema, vi que llovía con más fuerza que antes, y ya no se veían las calles, el exterior había quedado completamente borrado. Se podía ya perfectamente viajar hacia el fin de la noche.

                           Doctor Pasavento  pág. 157

Pasavento II

 

 Durante años fui fiel a las "regiones inferiores" y me moví con calculada perfección hacia el país de los Ceros a la Izquierda. Fui pues, durante mucho tiempo, aun antes de saber que lo era, fiel a mi futuro héroe moral Robert Walser, que había escrito: "Si alguna vez una mano, una oportunidad, una ola, me levantase, y me llevase hacia lo alto, allí donde impera el poder y el prestigio, haría pedazos a las circunstancias que me hubieran llevado hasta allí y me arrojaría yo mismo hacia abajo, hacia las ínfimas e insignificantes tienieblas. Solo en las regiones inferiores consigo respirar".

  Fui fiel a Walser antes incluso de saber que él existía.

 

                                                        Doctor Pasavento pág.123

Final de Película de Gustavo Pernas

Caixanova presenta o venres 28 de abril de 2006, ás 22’30 horas, a representación de FINAL DE PELÍCULA a cargo de ANCORA PRODUCCIÓNS, autor e director Gustavo Pernas Cora, gañadora do XII Premio Rafael Dieste -2005,  no Teatro-Sala de Concertos do Centro Cultural Caixanova en Vigo.

 

Unha película alemana subtitulada estase  a  proxectar en sesión de madrugada nun minicine. Só hai catro espectadores solitarios na sala, sen relación entre eles, dous homes de mediana idade, “O espectador” e “O home”, un rapaz de vintedous anos, “O mozo”, é unha muller madura, “A muller”. Cando a película está próxima ó clímax, interrómpese, deixando ós espectadores sen coñecer o final. Diante das protestas daqueles, “O acomodador”, un home vello que agacha e disimula a súa cegueira, promete repoñer a proxección, pero a espera prolóngase de máis e os clientes especulan sobre os posibles finais da película e interpretan de xeito moi diverso e mesmo contraposto o seu argumento. O personaxe máis polémico da ficción cinematográfica é unha rapaza, unha inmigrante turca que traballa de asistenta no fogar dunha familia alemana de clase media e que sofre os aldraxes dos seus membros. A través das diferentes lecturas, os espectadores amosan cadanseus caracteres, ideoloxías e comportamentos que os levan a desenvolver pequenos conflictos entre eles. Un apagón aumentará a expectativa de recomezar a sesión, pero un novo personaxe aparece na escena, “Mayra”, unha muller nova, de orixe colombiana, que se refuxia no cine, perseguida por un descoñecido. Á trama e ó suspense da película súmase agora a historia da rapaza que presenta moitas semellanzas co personaxe fílmico e que aumenta a intriga da sesión nocturna. As diferentes posturas dos espectadores en relación á película amósanse agora nas actitudes respecto de “Mayra”, que van desde a protección do “acomodador”, “A muller” e “O espectador”, pasando polo namoramento de “O mozo”, ate o desexo máis carnal pola parte de “O home”. Daquela os conflictos reais se sucederán na sala, mesturándose cos da ficción ate confundirse e semellar que os espectadores encarnan os papeis da película. Cando “O acomodador” amaña a máquina de proxección, o final da película xa está presto a resolverse na sala mediante as accións dos espectadores.

 

O elenco está formado por Anxela G. Abalo, Vicente De Souza,  Fernando  Morán, Xabier  Deive,  Estíbaliz  Veiga,  Marcos Pereiro.

O libro parte da manipulación da linguaxe que fan os individuos para amosar aspectos da sociedade contemporánea coma a insolidaridade, a educación ou a inmigración.

A. Ramil.A Coruña

Seis persoas asisten á proxección dunha largometraxe nuns minicines cando a película é interrumpida por unha avería. Mentres se soluciona o problema, vense na obriga de conversar entre eles. Así comeza a obra de teatro Final de película de Gustavo Pernas (Viveiro, 1959) -gañadora do premio Rafael Dieste 2005- na que o autor fai unha crítica da falta de comunicación que existe na sociedade contemporánea.
"Na actualidade, a linguaxe non é utilizada para a súa verdadeira función que é a de comunicar. As persoas manipulan as palabras e istas convértense nunha arma en favor dos intereses de quenes as pronuncian" sinalaba onte Pernas, na presentación da súa obra na Coruña.
A consecuencia desta actitude é, para o autor, a constante manipulación e dominación duns individuos sobre outros. Unha idea que a través de metáforas está presente ao longo de toda a obra, que supón o primeiro drama do autor.
Partindo desta "banalización" da linguaxe e dos diálogos que establecen os protagonistas de Final de película, Pernas aborda temas de candente actualidade na sociedade do século XXI coma a solidaridade, a educación, a identidade ou a inmigración.
Este último tema foi destacado durante a presentación polo autor. "Unha persoa do chamado primeiro mundo recibe a outra dun país extranxeiro cunha falsa hospitalidade que non agocha máis que hipocresía. Isto ocurre na obra, onde un dos personaxes é colombiano e revoluciona aos demais" indica Pernas.
O escritor galego amósase preocupado pola situación do home e afirma que "a sociedade actual oculta unha gran bomba que pode estoupar en calquer momento. Vivimos nunha democracia sofisticada, onde prevalece a libertade de expresión pero que, ás veces, encúbrese dos fantasmas do fascismo".
Gustavo Pernas, que alterna a súa faceta coma escritor de dramática coa de director teatral, recibe por segunda vez -en 2001 o acadou con Footing- o galardón de teatro en lingua galega Rafael Dieste, que a Deputación da Coruña organiza desde 1991.
O premio, cunha dotación económica de 6.050 euros, consta da publicación da obra gañadora e da súa representación teatral. Neste senso, Pernas amosouse agradecido coa difusión que da arte teatral fai a Deputación. Sen embargo, reivindicou a condición do teatro coma literatura. "As obras teatrais teñen dous destinatarios: o espectador e o lector. Non podemos olvidar a importancia do teatro para leer porque senón, a metade da literatura universal iría ao lixo" indicou Pernas.

A obra Final de película representarase por once concellos da provincia da man da compañía teatral Ancora Produccións. O estreo terá lugar, o vindeiro 9 de marzo a partir das 20.30 horas, no Teatro Rosalía de Castro da Coruña para proseguir por Oleiros, Arteixo, Ribeira ou Ames.

Elogio de la lectura de Alberto Manguel

EL PLACER DE LEER

 

REPORTAJE

 

Elogio de la lectura  

 

¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras? Éste es un paseo por la historia de los libros y por las obras de algunos de esos grandes hechiceros responsables del paraíso de la lectura. Memoria, intimidad, imaginación, sentimientos, inteligencia, aventura y descubrimiento son algunas de las palabras que reivindican el estatus de un placer que nos hace más humanos.

 

Alberto Manguel

 

BABELIA - 22-04-2006

 

 

Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según afirma el gran orador Tulio".

 

Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho".

 

El Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como depósito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de enseñanza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones más sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensañado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos -es decir, libros que no les gustaban-. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.

 

Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?

 

Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los lectores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La metamorfosis de Kafka vale unos seis mil euros. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.

 

El lema de todo verdadero lec

 

tor es De gustibus non est disputandum. "De gustos no se discute", o, como se dice en castellano, "sobre gustos no hay nada escrito". El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

 

El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.

 

Para ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, "muy respetuosos de la lectura" que "hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente". Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir "así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?", lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, "no, gracias", con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.

 

Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: "Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo". Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, de la autobiografía de Henry Green, de Contra la corriente de James Hanley, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje.

 

Intimidad solitaria y comparti-

 

da. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado "terrorismo intelectual". Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. "El arte alcanza una meta que no es la suya" escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura.

 

El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.

 

Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Suramérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr. Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastreta. O ante este verso del poeta mexicano Díaz Mirón: "Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo". Tales abominaciones tienen la marca de un genio.

 

Tom Stoppard escribió que pa-

 

ra saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de la novela de Ana María Moix Las virtudes peligrosas: "La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabiduría

 

... La experiencia, créame, amigo, no es más que una forma de nostalgia".

 

Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau -Étonnez-moi! "¡sorpréndame!"- es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso -descubrir que alguien toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea La violetera en la ducha- pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. "Cuando diseño un jardín", dice un personaje de Thomas Love Peacock, "distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado". "¿Ah sí? Entonces dígame", responde su interlocutor, "¿qué nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?".

 

Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos "actos ocurridos hace mucho tiempo" sino también "los actos recientes de nuestros días". No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.

 

Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Nicolà Chiaromonte en otra página que me define) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.

 

El placer ha sido denigrado en

 

nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.